miércoles, 23 de marzo de 2016

Casi se me olvida que nos vamos a morir

Que nadie se asuste por el título. No se trata de ninguna entrada triste ni propiciada por desgracias personales. Tan solo es una reflexión en voz alta (mentira, porque estoy afónica y además estoy tecleando, ja).

Seré directa. Nos morimos, humanos míos. Todos. Unos antes, otros después. Es la reflexión a la que todos llegamos cuando dejamos de ser unos niños y entramos en esa etapa absurdamente pedante y existencialista que es la adolescencia-primeras etapas de la juventud. Sí, esos momentos en los que "se descubre el mundo" y todo lo magnificamos y lo vivimos a lo grande (la revolución hormonal no se limita a cambiarnos la forma y ponernos pelo extra, también nos abre los ojos a "la verdad" y nos transforma en filósofos de baratillo). Qué drama, en serio. Que todo lo que hemos vivido es mentira, ya ves. Y estamos en esta sociedad, prisioneros de un destino al que nadie escapa, pensando cómo diablos se las apaña uno para seguir adelante cuando sabes que todo tiene fecha de caducidad.

¿Y qué pasa entonces? Pues que crecemos. Maduramos. Eso dice la teoría, yo creo que nos acostumbramos a la nueva condición de adultos, se nos pasan las tonterías y seguimos con nuestra vida. Se vaya a acabar o no, la vida nos pone obstáculos a todas horas y es más útil centrarse en ellos que en lo que pasará dentro de un puñado de décadas (porque todos aspiramos a morirnos de viejos, faltaría más).

¿Y a qué viene todo esto? Pues a nada. Bueno, a que estaba tosiendo hasta colocarme del revés y he mirado dramáticamente a mi melón mientras gritaba "¡Me muero! ¡Recuerda que te amé siempre!". Y no me he muerto, pero que lo recuerde igualmente. El caso es que,  en este arrebato de filósofo adolescente demasiado tardío, he pensado que igual me muero de una forma tontísima cuando menos me lo espero y me dejo la vida a la mitad, así con todo por medio. Sería un drama. O no. Pero el caso es que puede pasar perfectamente. Y yo aquí, viviendo como si fuese inmortal y lamentando desde el más allá no haberme tomado más en serio lo limitado de mi tiempo. Bueno, eso si creyese en el más allá, porque la verdad es que no lo hago. Y ya me gustaría (tiene que ser reconfortante) pero qué le voy a hacer, no lo consigo.

A lo que iba. Que todos vamos a morir, pero todos vamos por el mundo como si fuese algo que no va con nosotros. Es lógico, torturarnos por lo finito de nuestro tiempo no ayuda a que la vida sea precisamente maravillosa. Pero creo que debería existir un punto intermedio. Ni llorar por las esquinas porque algún día vamos a perder todo lo que tenemos (sí, todo, absolutamente todo) ni olvidar que estamos de paso y que nadie nos tiene garantizado un nuevo amanecer cada vez que vamos a acostarnos.
Porque luego pasa lo que pasa y la gente se lamenta de no haber hecho (y dicho) miles de cosas.

En realidad a esa conclusión llegué hace ya muuucho tiempo (hoy me ha dado por despertar el adolescente interior y recordarlo) y me dediqué a vivir cada día como si fuese el último. Sin perder la esperanza en que no lo sea (las estadísticas están de mi parte, confiaré en tener suerte) pero siendo consciente de la posibilidad existe.

¿Y qué es eso de vivir cada día como si fuese el último? ¿Implica dejar de perseguir metas y todo eso? Pues no. Que el día de mañana tendré que vivir de algo. Y ya no es solo cuestión de mera supervivencia, es que me gusta soñar con el futuro y hacer todo tipo de planes. Así que yo me limito a aplicarlo en un sentido muy sencillo: no te vayas a la cama dejando cosas pendientes. No quiero lamentarme si un día me levanto y descubro que falta alguien a quien querría haberle dicho más de lo que le dije. O peor aún, que mi última interacción con ese alguien haya sido de enfado o pasotismo. Que ya me veo toda la vida torturándome y queriendo cambiar el pasado. No, por ahí no paso. Aunque en realidad da un poco igual, es muy difícil que yo me enfade con alguien, pero la idea queda clara con ese ejemplo.

Buah, escribir con fiebre es malo. Tengo la costumbre de no corregir lo que escribo (salvo que encuentre una errata horrible que pueda dañar la salud de los lectores) y me gusta el resultado. Pero hoy creo que se me va de las manos, en el momento menos pensado voy a hablar de berenjenas.

Berenjenas. Son... moradas. Sí. Se comen. También se las puedes tirar a los demás a la cabeza. Versatilidad en estado puro.

Total, que volviendo al tema... pues estas cosas pasan. La gente se muere. Yo me moriré un día. Igual me muero de manera molona (sin darme cuenta, que es lo único que puede ser molón en eso de desaparecer para siempre) o igual de manera dramática. Y antes de morirme yo se morirá mucha gente a la que quiero y sin la que la vida va a tener mucho menos encanto. Tus amigos, tu familia, tu pareja... todo desaparece. Y tú también lo haces. Qué bien, ¿verdad? Vamos a tener una vida maravillosa y luego vamos a ir viendo cómo se viene abajo poco a poco.

A mí eso me frustró mucho de cría. Eso de morirse me parecía muy injusto y absurdo. Me lo sigue pareciendo, en realidad. El universo podría seguir sin vida exactamente igual y se evitaría mucho sufrimiento. Aunque también mucha alegría, eso hay que admitirlo. Es lo que hace que no vea mal que la gente siga reproduciéndose y trayendo al mundo seres conscientes que habrían estado muy bien sin existir (yo no me lamento por mi tiempo de no existencia... no ser, no sentir y no padecer me parece bastante aceptable). Uno no puede dejar de mirar mal cuando se entera de esta jugarreta que es la vida limitada, pero se te pasa el disgusto cuando piensas en todo lo que estás experimentando. Si, condenados a sufrir, pero es el precio a pagar para poder disfrutar.

Eso sí, me pregunto hasta qué punto es mejor el poder existir y ser consciente de la vida, con lo bueno y lo malo, que el no existir jamás. Lo positivo es mejor que la nada, pero igual lo pienso como justificación para una vida ya determinada en la que no me queda más opción. Buah, y luego la gente me pregunta si pienso tener hijos. Carezco de instinto maternal y encima me planteo estas cuestiones estúpidas. Acabará adoptando una piedra. O igual se me despierta ese instinto y me viene el egoísmo de golpe y me da igual condenar a otro ser a las maravillas y desgracias que implica la vida. Quién sabe.

Eh, con esto no quiero decir que no me guste estar viva. Desde el momento en que soy consciente de mi existencia, me gusta más estar viva que muerta. Pero es que es ese mismo ser consciente de lo que es vivir lo que condiciona mi respuesta. Nunca podré opinar desde el punto de vista de la no existencia (lo que no existe no opina, es lo que tienen estas cosas).

Total, que me desvío del tema inicial. Que la gente se muere y eso es chungo. No me mola. Pero es lo que hay. E independientemente de si tiene sentido esto de poblar el mundo de humanos con fecha de caducidad, estamos aquí y nos toca lidiar con nuestra mortalidad. Aunque la forma de lidiar suele ser sinónimo de hacer como que eso no va con nosotros. Ya nos preocuparemos por ello cuando llegue el momento. Pero es que ese momento puede ser mañana mismo. ¡No! No quiero. Pero puede pasar, quiera o no. Así que me enfrento a mi día a día a día exprimiéndolo al máximo. Sí, estoy aquí por tiempo limitado, como lo está la gente a la que quiero. Pero y qué. Es lo que hay, no lo puedo cambiar. Lo único que está en mi mano es decidir de qué manera me enfrento a esa certidumbre de la muerte y a la incertidumbre de cómo y cuándo llegará. Y la única forma que conozco de hacerlo es... viviendo. Pasando de las cosas chungas y quedándome con las buenas. Sin olvidar que cosas peores están por llegar, pero teniendo esa idea como una motivación para disfrutar todo lo posible del presente y no como una amenaza maligna.

Me pregunto si es por eso por lo que tantísimas cosas me dan igual. Que la gente me acepte o no, tener el trabajo de mis sueños o no, hacer méritos para no sé bien qué... pues nada de eso me quita el sueño. Porque a mí lo que me da la vida es irme a dormir cada noche después de haber pasado un día estupendo con la gente a la que quiero. Disfruto de mi familia, de mis amigos, de mi pareja. Y lo demás me da igual, la verdad. Y eh, tengo ambiciones y sueños. Me gusta hacer cosas nuevas y hacer planes de futuro. Buah, si de mí dependiese, dominaría el universo. Pero eso son cosas que están ahí para disfrutarlas, no para obsesionarme con ellas y condicionar mi vida. Dedico tiempo a garantizarme mi propia supervivencia futura, no soy tan alocada como para vivir sin planear. Pero intento que el tiempo que eso me roba sea mínimo.

Por eso, si me muero ahora, me iría al más allá (ese en el que no logro creer) con mucha tranquilidad. Hago todo lo que me gusta, digo que no a todo lo que no me apetece. No me callo ni uno solo de mis sentimientos y no dedico un solo minuto a los problemas que no tienen solución. Si quiero perseguir un sueño, lo hago al instante y no lo dejo para un futuro que no sé siquiera si tendrá lugar. Y (una de las cosas que considero más importantes) no me conformo con menos de lo que creo merecer. La vida es muy corta como para perder tiempo con gente que no te aporta nada o para compartir tus días con gente que no se entrega del mismo modo en que tú lo haces (ojo, en su derecho están de no hacerlo, como yo en el mío de buscarme personas nuevas). Así que ahí voy, lanzándome de lleno al camino de la esperanza, al de "voy a ver qué hago hoy para sentirme aún mejor", al de "no todo es de color de rosa, pero yo puedo elegir si mirar hacia las sombras o hacia la luz", al de "las berenjenas no son de metal ni de corcho". Etc.

Y es por eso que animo a disfrutar a los que se lamentan por las arrugas o las canas, por los kilos de más o de menos, por el despertar mayor o menor admiración, por... por no tener una vida perfecta, en definitiva (algo que no existe). Cambiad lo que no os gusta, dedicad más tiempo a lo que os hace sentir bien. Que estamos aquí de paso e igual mañana nos cae un meteorito en la cabeza y hala... a tomar viento (de levante tarifeño, por supuesto).
Buscad en vuestro interior la motivación para sonreír cada mañana.

-El abrazo de tu pareja, de tu hijo, de tu amigo, de tu mascota (qué te abrazan a su manera).
-Esos buenos libros y películas, esos juegos que te enganchan horas y horas.
-La naturaleza, el respirar aire puro, el caminar sin rumbo fijo descubriendo tu entorno. O la multitud bulliciosa de la ciudad y sus actividades sin fin, eso según los gustos de cada cual.
-El cambiar el mundo, aunque sea un poco. Adoptar a un animal abandonado, colaborar en una asociación de voluntariado, el defender causas justas con tu activismo... cualquier cosa que nos muestra que, si queremos, podemos aportar nuestro granito de arena y ser útiles. La vida es efímera, pero podemos hacer más agradable ese trayecto que realizamos juntos día a día.
-Crear. Dibujar, escribir, fotografiar, moldear, imaginar. Porque nadie puede poner límites a nuestra mente y eso es maravilloso.
-Vivir nuevas experiencias. Viajar, conocer gente nueva, aprender otro idioma, interesarte por nuevos temas, descubrir todo aquello que nos rodea.

Todas estas cosas (hay más, pero estoy vaga y ya llevo un buen tocho escrito) son las que me hacen sentir bien. Son las que me llenan tanto que casi hacen que olvide que nos vamos a morir. Y son también las que, cuando lo recuerdo, me hacen esbozar una sonrisa y pensar que no me queda entonces ni un solo minuto que desperdiciar.

miércoles, 10 de febrero de 2016

De mi perro y mis amigos (y de una carpa)

Tras unos días sin internet, regreso con todas las consecuencias. Las consecuencias son varias y no tengo ganas de enumerarlas. Pero una de ellas es actualizar el blog.

Qué decir, mi última entrada fue triste, pero es que triste he estado desde entonces. Ayer hizo una semana que durmieron a Plinio y reconozco que a veces aún se me escapa alguna lagrimilla. Pero desde luego, estoy mucho mejor y ya lo he asumido. Los primeros días pensé que me iba a dar un mal, no tenía ganas de nada, fue horrible. Y eso que yo vivo fuera desde hace casi un año y no tenía trato a diario como el resto de mi familia. Pero ay, cómo se quiere a los animales. O cómo los queremos algunas personas, porque me consta que hay quien no entiende el duelo por una mascota. La mayor parte, gente que no ha vivido la experiencia de tener animales. Otros porque no tienen corazón (recordemos que hay quien es capaz de abandonar a su propia mascota). Pero la verdad, me importa poco quien no lo entienda, porque hoy vengo a hablar de quienes sí lo hacen. O de quienes, sin hacerlo, se han volcado en mí para tratar de hacerme sentir mejor.

Sí, esta entrada os la dedico a vosotros. Porque dicen que todo lo malo lleva aparejado algo bueno, y en este caso lo positivo ha sido (además de la buena compañía perruna de tantos años) el disfrutar de vuestro apoyo.

Quiero dar las gracias por vuestras palabras de ánimo, tanta públicas como privadas. Tanto en los momentos previos como después me hicieron mucho bien. Fue un momento mucho más duro de lo que pensé. He perdido ya familiares, he sufrido rupturas amorosas... y sin embargo, esto me ha dolido bastante más. No me lo esperaba para nada. Pero es que Plinio era mucho Plinio. Lo bueno es que ya puedo recordar los buenos momentos sin venirme abajo, ya siento que vuelvo a disfrutar y he recuperado las ganas de hacer cosas.

Es agradable echar la vista atrás y recordar tantos mensajes de gente preocupándose por mí, tantas conversaciones con el objeto de comprobar cómo me encontraba y ver si lo estaba llevando bien (aunque fuera disimulado, de esas cosas me percato, jeje).
Y no pueden faltar los agradecimientos a los que sacaron tiempo para estar conmigo en los peores momentos. A Tomas y Alberto por encontrar un rato para verme en el exilio jerezano (me vino genial salir) y a Mariela y Fran por buscar un hueco imposible entre burocracia y reuniones para estar conmigo durante la espera en la estación. En serio, ese día fue especialmente malo y vuestros abrazos y compañía lo hicieron todo muchísimo más llevadero.

Por supuesto, gracias también a los amigos madrileños que se preocuparon por mí y me invitaron a salir para despejarme un poco (y para darme antojo de figuritas XD).

Finalmente, tengo que dar las gracias a mi melón, que me ha dado todo su cariño y me ha cuidado muy bien. Se ha preocupado mucho por hacerme sentir bien y aliviar mi pena. Claro que siempre se preocupa por mí y me trata muy bien, pero eso da igual. Se lo quiero agradecer de todos modos.

Total, que ahora que han pasado unos días, me siento ya mucho mejor. Y tenía ganas de haceros saber mi agradecimiento por todo vuestro apoyo. Por los mil euros no, porque no han llegado. Así que os castigo sin hablar de la carpa a la que hace referencia el título. Ja.


sábado, 30 de enero de 2016

A mi perro

Te vas. Y yo no quiero que lo hagas. Pero en mi mano solo está el intentar contener las lágrimas que se empeñan en mojar permanentemente mis mejillas. Quiero ser fuerte y poder apoyar a mi familia, quiero disfrutar de estas inciertas horas (con suerte, días) en los que aún te vas a sentir lo suficientemente bien para poder seguir a nuestro lado. Pero te vas. Y no quiero. Nadie quiere. Pero lo haces. Y duele, duele mucho. Como nunca imaginé que podía doler. Y me enfado conmigo misma porque debería ser más fuerte, porque estoy desaprovechando entre lágrimas mis últimos momentos a tu lado. Aunque el enfado se me pasa pronto, porque nadie elige el modo en que le afectan las cosas. Yo pensé que lo llevaría mejor, que soy la que menos vinculada está a ti. Pero no contaba con lo extremadamente sensibloide que soy. Si lloro con las películas, cómo no voy a llorar cuando te veo hecho un ovillito y sé que te estás preparando para marcharte. No es justo, me da igual que sea ley de vida. Me da igual que ya supiese que iba a pasar esto el día en el que decidimos adoptarte. Porque no quiero que nos dejes.

Pero sé que pido un imposible. La única manera de que no nos dejaras sería no haberte conocido nunca. Habrías vivido sin el calor de esta familia y tu hora habría llegado igualmente. La única diferencia es que yo no estaría siendo consciente de que ahora estás disfrutando de tus últimos días. Y es que nada te librará de este destino, la ignorancia solo cambiaría una cosa: yo no estaría llorando por ti. Y aunque en estos momentos pueda sonar tentador evadirse del dolor que supone la despedida, no me arrepiento en absoluto de no haber vivido ignorando tu existencia. Porque si sufro por el adiós es porque me has hecho muy feliz. Tu simple presencia llenaba de alegría esta casa. Y te vamos a echar mucho de menos. Cuánto has cambiado nuestra vida para que ahora nos duela tanto despedirnos. Cuánto cariño has despertado en aquellos que no sabíamos todo lo que podía llegar a quererse a un animal. Y aunque no te podemos dar las gracias, aunque no puedes entenderlo, hemos procurado hacer de tu vida la mejor. Como lo haremos con tu muerte. No te van a faltar los mimos estos días. Porque te vas, pero hasta que lo hagas estamos todos juntos. Tú nos lo has dado todo, déjanos hacer lo propio, déjanos estar a tu lado hasta el final y despedirte como mereces, sin sufrimiento y acompañado de quienes tanto te quieren.

Te vas. Y parte de mí se irá contigo. Y parte de ti quedará a mi lado. Y cuando las lágrimas se sequen, sonreiré. Porque habré tenido la maravillosa suerte de que hayas formado parte de mi vida.

Te queremos. Mucho.

martes, 24 de noviembre de 2015

Las amapolas no suelen atracar a la gente

¡He vuelto!
En una nueva versión, Mello 3.77.1, que cuenta con añadidos muy interesantes (como nórdico abrigadísimo y bombones lindor).
Por lo demás, la vida sigue como siempre. En mi última entrada hablaba sobre lo adicta que me había vuelto a mi melón. A día de hoy sigo siendo igual de adicta, pero como ya no hace calor del averno podemos achucharnos por las noches, así que la valoración global de nuestra relación ya alcanza el nivel de sepia interestelar con lacitos.

Pero hoy no voy a hablar de mi merluzo. Porque resultaría todo demasiado empalagoso. Hablaré...hmmmm... de cañas de pescar. Y de calcetines. Quizá también de licuadoras. O no. Quizá acabe hablando de cosas mucho más interesantes, como los caracoles británicos.

Hablando de caracoles, el más celebre de ellos es Romualdo II. Vivió allá por el siglo VII y nos dejó sabios consejos para alcanzar la felicidad:

-No te amputes miembros para combatir el aburrimiento.
-Duerme mucho, trabaja poco y gana la lotería.
-Todo mejora con chocolate y dulces. Siempre que no estén envenenados.
-No te cases con un taburete astillado. Nunca cumplen nada de lo que prometen, aléjate de ellos.
-Vive cada día como si te estuviese persiguiendo un elefante pigmeo albino.

Y es que no se puede ser infeliz siguiendo estas pautas. Bueno, igual sí, pero hay que esforzarse mucho. Y el esfuerzo es peligroso. Mirad a vuestro alrededor y sed conscientes de ello. La gente se esfuerza por conseguir cosas. Y al final se mueren. Los que no se esfuerzan también se mueren, pero con menos cansancio.

Así que disfrutad de estos días de frío, de mantas, de chocolate caliente. Sin mosquitos, sin deshidrataciones, sin quemaduras solares. El frío es bueno. Si te puedes quedar en casa junto a la calefacción, claro. De lo contrario, pues es bueno también, porque no queda bien que se me fastidie el argumento.

Y esto es todo por hoy.

jueves, 27 de agosto de 2015

Tengo miedo

Temor. Pavor. Terror. Horror. Pánico. Cucarachas. Flamenco.
Palabras, todas ellas, sinónimas de miedo. En diferentes grados, desde ese ligero cosquilleo en la nuca a la encarnación de "El grito" de Munch. En noruego se llama Skrik, que no se diga que este blog no culturiza.

Todos sentimos miedo. Los hay universales, como el miedo a que te toque la lotería y acabes arruinado en una cuneta tras gastarte toda la pasta en prostitución, juegos de azar y ensaimadas. O el miedo a que tu fama aumente de manera desorbitada y no consigas distinguir si la gente te adora por lo que eres o por tu maravillosa y envidiable vida de persona guay.
También están los miedos secundarios, esos más discretos como el miedo a la muerte, al sufrimiento, a la soledad, a la política, etc.

Pero hay una tercera clase de miedos. Los miedos insospechados, los que despiertan un buen día en el fondo de tu ser y te hacen plantearte cosas. Cosas de todo tipo, de esas que darían para trescientas veinte entradas en este blog. Cosas. Ah, cosas. Cosas.
Y acabo de descubrir que soy presa de este tipo de terror que ataca a traición. El miedo a convertirte en una persona completamente diferente a la que siempre has sido. El miedo a traicionar a tu naturaleza más profunda. A que te empiecen a gustar los niños o la informática. O como en mi caso... a volverte adicta a un merluzo, que viene a ser algo igual de horroroso.

Yo soy tierna. Y romántica. Y hasta puedo ser ñoña. A mi melón le dejo mensajes sorpresa cada dos por tres, de contenido edulcorado. Desde un "Te quiero" a un "Es La Española una aceituna como ningunaaaaaaa". Así soy yo. Pero ahora, con la inminente visita a esos seres conocidos como familia (padre, madre, hermano, perro gordo y cama primigenia) ha aflorado el terror. Porque me he vuelto pegajosa y dependiente. Porque pese a que tengo ganas de ver a los míos, me doy cuenta de que mi merluzo es ahora más mío que ninguna otra cosa. Y que dejarlo aquí hace que se me empañen los ojos mientras nos abrazamos fuerte y nos hacemos promesas dramáticas.
"Te escribiré todos los días". "Te seré fiel". "No me fugaré a La Patagonia". "No traficaré con ostras caducadas".
Es duro, muy duro. Año y medio de relación a distancia, sobreviviendo a vernos en contadas ocasiones... y todo para qué. Para que seis meses de convivencia basten para que me convierta en un ser que suspira corazones y florecillas rosas. Para que sienta pena al separarme diez miserables días. Para condenarme al sufrimiento eterno de la ignominia.

Esto, amebas mías, es el miedo. En su estado más salvaje y crudo.
Rogad por la salvación de mi alma. Y por el fin de la deforestación y el tráfico de influencias.

martes, 14 de julio de 2015

Por qué escribo

No puedo vivir sin escribir. Es un hecho. Bueno, no lo es, porque podría vivir sin escribir sin problemas. Pero entonces me quedo sin recursos dramáticos para el inicio de la entrada.
Algunos pueden pensar que el hecho de que escriba es algo natural. Estudié periodismo y esas cosas. Pero realmente el estudiar periodismo fue la salida lógica para alguien a quien se le daba bien escribir y no tenía ninguna preferencia concreta sobre qué hacer con su vida. De hecho, no me gusta el periodismo. Nunca me molesté en aprender a escribir correctamente, ni para los medios ni para mí misma. Me dan igual las estructuras, los objetivos, el estilo... paso de todo. La verdad es que debería haber estudiado otra cosa, pero soy de esas personas que gustan de conocimientos con poca utilidad para el mercado laboral. El hecho de que me gustasen las ciencias pero fuese negada para las matemáticas tampoco ayudó para decantarme por algo más interesante que las humanidades. Así que aquí estoy, periodista titulada que hace caso omiso de lo que pone en ese papelote de la universidad. Y pese a ello sigo escribiendo, con mi abuso de comas, con mis dedos tecleando más despacio que las palabras que vomita mi mente. Con mi desorden, mi caos, mi tormenta desatada que plasmo sobre un papel (virtual, en este caso) sin preocuparme de si alguien lo leerá o de si, en caso de hacerlo, encontrará sentido a lo escrito.

Nunca corrijo mis textos (salvo que encuentre un fallo que cambie el sentido de lo que pretendía decir). Porque entonces dejaría de ser yo, aquella que escribe todo lo que se le pasa por la cabeza sin más orden que el que dicta mi cerebro según voy pulsando teclas. Y porque soy vaga, claro. Por eso nunca podría ser una buena escritora aunque me lo propusiese. No sirvo para poner las cosas bonitas, para pulir los párrafos o para transmitir con estilo las ideas que guarda mi mente.

Así pues, no escribo para crear algo bonito. Ni para transmitir ideas. Ni siquiera para contar historias. Alguna vez lo haré, con mi estilo poco formal y con abundancia de lo absurdo. Pero hasta ahora únicamente he escrito porque mi cuerpo lo pide. A veces tengo la necesidad de escribir. No sé sobre qué, no tengo nada concreto en mente. Pero necesito abrir el blog y poner algo. Cualquier tontada. Es como si necesitara rebajar la presión contenida dentro de mí y las palabras me sirvieran perfectamente para ese fin.
A veces escribo porque me siento tan llena de vida que tengo que buscar el modo de calmar el remolino de pensamientos que me invade. A veces me siento inmensamente feliz y mis dedos buscan las teclas en un extraño intento de conservar esos momentos en forma de escritos improvisados.
También ocurre lo contrario, a ratos vivir se convierte en algo complicado y escribir me ayuda a deshacerme de esa sensación de forma rápida y eficaz.
No sabría decir por qué la tristeza o la felicidad me conducen inevitablemente a la escritura. Supongo que no es raro cuando se tiene el tipo de problemas que tengo yo. Mi vida es feliz en el 90% de las ocasiones. Otro 5% podría decirse que es puro éxtasis donde el mero hecho de respirar produce deleite. Y el 5% restante es cuando todo se vuelve gris. Con suerte, esa atmósfera plomiza se limita a comportarse como un invitado inesperado que trastoca todos los planes que tenías ese día. Y escribir es entonces el modo de darle la espalda a ese invitado con el que nadie contaba.

Así que escribir es la forma de regular mis emociones. Tanto las buenas como las malas. Ciertamente, a veces escribo por el mero placer de hacerlo, porque me apetece probar y ver qué sale de mi mente en un momento dado. Pero la mayoría de las veces es mi forma de aislarme de la realidad un rato, bucear en lo más profundo de mi mente y poner un poco de orden en los pensamientos que se han ido acumulando con el transcurrir del tiempo.

Escribo poco, es cierto. Normalmente porque mi vida transcurre de forma apacible, una felicidad calmada que me convierte en la persona más afortunada del mundo. Solo cuando el equilibrio se rompe, sea porque la euforia en mi vida o porque la mañana amanece más gris que de costumbre, es cuando recurro al blog. Al menos de forma natural. Otras veces escribo porque no me gusta perder la costumbre, por informar a la gente de cómo va todo o, como dije antes, porque me apetece ver qué le da a mi cabeza por crear de la nada. Pero ninguno de esos textos nace fruto de la necesidad, son prescindibles.

Así que a veces escribo porque quiero. Otras porque algo dentro de mí lo pide a gritos. Y no es que me pida que ponga en orden mis ideas ni que me reconforte poder leer sobre un problema determinado con la calma que aporta escribir y reflexionar sobre ello. Ojalá. Pero mis problemas no funcionan así, cuando mi ánimo cambia es por motivos que escapan a mi control, por ese cerebro mío que está en tratamiento desde aquel verano de 2008 (pero que había estado luchando por funcionar con normalidad durante toda mi vida). Supongo que ante la frustración de que mi ánimo cambie sin motivo la escritura es la mejor herramienta de la que dispongo. Ante sensaciones que nace de la nada, lo mejor son textos que se originan en el mismo lugar. Escribir sin pensar, pues no hay nada que tratar de entender cuando el ánimo juega una mala pasada. Escribir sin ideas claras, pues la mente no se somete a control alguno cuando la felicidad irradia del corazón acelerado. Me sienta triste o alegre, el resultado es el mismo. Un texto improvisado que bebe de las sensaciones del momento.

Se puede decir que escribo por el mismo motivo por el que siento. Porque así es mi vida, así es mi mundo. Siento, expreso y vivo.

lunes, 13 de julio de 2015

Sombra latente

El sol estaba alto. Muy alto. Todo era luz y calor. Era una de esas tardes en las que uno querría quedarse dormitando a la sombra junto a una fuente de agua bien fresca. Pero él no podía permitirse ese lujo.

Sus ojos repasaban las edades del mundo. La pereza zumbaba a su alrededor con monotonía. Y su alma se preguntaba por qué alguien le dio nombre para luego desterrarlo al olvido. Siempre hablaba de almas, aunque sabía que era algo que jamás llegaría a tener. Pero acaso importan las formas de referirse a su ser, a lo más profundo del pensamiento que se enmarañaba en el recorrido entre su cabeza y sus entrañas.

Sombra a retales, parches de hielo entre la luz. Acariciaba desordenadamente hasta el último recoveco, arañando las paredes cuando el sol apretaba un poco más. Crujía como el pasto seco, acompañando al chirriar agudo de la tiza sobre la pizarra. Pegajosa como el surco de sus miedos, como el sudor de la presa que se oculta cuando ya no puedo correr más. Casi humana, como él.

No es día de caza, se recordó en silencio. Aún no dejaban alzar la vista más allá de los prados, hacia la colina en la que empezó todo.
Al menos le dejaban sonreír.