martes, 17 de enero de 2017

¿Cómo se convive con la depresión?

Hace tiempo que no hablo del tema, pues han pasado varios años desde la última vez que tuve que enfrentarme a una crisis depresiva. Sin embargo, la depresión siempre está ahí. Al menos la mía, que no responde a causas externas y no se sabe bien qué la provoca. Solo queda la opción de medicarse y seguir con el día a día, agradeciendo que no vuelvan los malos momentos.

Soy feliz, para qué negarlo. Pero también tengo momentos en los que me canso de tener que estar siempre enfrentándome a desajustes anímicos inesperados y absurdos. Para mí, convivir con la depresión es un esfuerzo constante. Un esfuerzo que me conduce directamente a disfrutar de mi día a día, pero que a veces resulta agotador.

Hace poco salió el tema con unos amigos y he pensado que estaría bien contar cómo ha ido todo en los últimos años y qué tal lo llevo. La respuesta corta es "estupendamente". Pero hay que analizar el camino que toca recorrer para conseguir ese éxito.

Pondré un ejemplo. Mi vida es como avanzar sobre una cinta transportadora. Imaginad una de esas máquinas de gimnasio sobre las que caminas (o corres) sin realmente desplazarte del lugar. Hay que mantener el ritmo o acabarás cayendo. Es mucho más aburrido y cansado que caminar por el exterior, pues no solo resulta más difícil mantener el equilibrio sobre una superficie que se mueve, sino que es imposible detenerse para recuperar el aliento. En un gimnasio puedes parar la máquina, pero mi vida sería una cinta cuyo movimiento nunca cesa. La mayor parte del tiempo, tengo que mantener un ritmo determinado para no tropezar. No es un ritmo elevado, es perfectamente asumible. Cuando duermo, casi se detiene. Se mueve de una manera imperceptible, quizás medio milímetro cada hora. Perfecto para tumbarme y descansar.
Pero claro, al despertar, el movimiento se acelera. Y toca echar a andar otra vez. Un día, y otro. Y otro más. Lo cual no es muy diferente de la vida de cualquier otra persona. Al menos, mientras todo se mantiene estable.

¿Qué pasa cuando de pronto la velocidad de la cinta cambia sin previo aviso? Pues toca hacer un esfuerzo extra y tratar de seguir caminando sin caer. Pero cansa, muchísimo. Quieres parar un poco y no puedes, ya que bajar la guardia es sinónimo de una dolorosa caída. En esos momentos, todas tus energías se centran en seguir en pie. No puedes hacer cosas básicas que otros hacen sin apenas pensar, pues corres el riesgo de darte un buen golpe contra el suelo. Es un poco frustrante, pero hace tiempo que aprendí que no sirve de nada quejarse. Lo único que conseguiría es gastar las pocas energías que me quedan y aumentar el riesgo de llevarme un batacazo.

Hace muchos años que no me caigo, como ya he dicho. Eso es algo que celebrar, especialmente si tenemos en cuenta que he ido reduciendo la medicación poco a poco. La idea es poder dejarla pronto. No sé yo si funcionará, porque esta depresión absurda mía que no tiene motivo no es muy amiga de que prescinda de mis drogas legales. Pero bueno, habrá que probar. A fin de cuentas, me pasé muchos años sobre la cinta sin ayuda de medicación alguna. Y siempre puedo volver a ella si lo necesito.
Así que estoy contenta. Sin embargo, siempre hay momentos más complicados. Cambios de estación, por ejemplo. Ahí la velocidad de la cinta se acelera y tengo que esforzarme el doble. Pero bueno, se aprende a vivir con ello.

Lo que quiero decir con todo esto es que la depresión (en mi caso) no es siempre algo que está o no está. Es algo que te acompaña sin manifestarse pero que puede asomarse a saludar en cualquier momento. Días en los que te cuesta salir de la cama, días en los que te cuesta un mundo hacer algo que veinticuatro horas antes hacías sin despeinarte. O días en los que te sientes como si hubieses despertado de un sueño muy triste que no consigues recordar. Puedo seguir caminando, afortunadamente. Pero me dejo el aliento en el proceso y hay veces que es tan agotador que te preguntas si realmente vas a ser capaz de seguir con esa lucha toda tu vida. Pero claro que se puede. No es fácil, pero es perfectamente posible vivir así.


Tengo suerte y puedo decir que el 90 % del tiempo puedo hacer todo esto de manera automática. Y el 10% en el que no es así, pues me aguanto y sigo adelante como puedo. Porque el resultado merece la pena. Hubo tiempos en los que ese 10% era el día a día que me tocaba sufrir, pero eso quedó ya atrás. Hago mi vida normal, soy feliz. Y eso quiero que lo tengan presente algunas personas que están pasando por situaciones similares. La lucha es agotadora, pero no durará siempre. No a ese nivel desquiciante, al menos. Y un poco de esfuerzo extra de cuando en cuando bien merece la pena para seguir disfrutando de todo lo que nos rodea, ¿verdad?

Yo sigo adelante, limitando lo que hago cuando vienen días malos y aprovechando al máximo aquellos en los que todo sale de forma natural. En lo que llevo de año he seguido estudiando, he vuelto a probar suerte con entrevistas de trabajo y he retomado vicios como los juegos. Y por ahora va muy bien. A veces estoy muy cansada (físicamente) pero creo que es normal, para hacer cosas normales hay veces en las que me tengo que esforzar el doble que otras personas. Eso pasa factura. Pero dejando eso al margen, poco afecta convivir con la depresión cuando está controlada. Desde fuera, parece que todo sigue igual pero habiéndome vuelto más vaga. Yo sé que realmente hago acopio de toda mi fuerza de voluntad para cuestiones bastante simples y que eso poco tiene de vagancia. Y eso se lo quiero recordar también a aquellos que creen que no avanzan, que no consiguen nada o que retroceden lo avanzado sin poder evitarlo. Eso no es así, requiere mucho valor y esfuerzo el seguir con el día a día cuando tienes que cargar con ese peso, cuando no puedes bajar de esa cinta que no se detiene. Así que nada de sentirse mal, que no es nuestra culpa esta situación. Y al igual que yo he conseguido tener una vida normal, plena y feliz, el resto puede hacerlo. No hay que rendirse.

Así que nada, con esto actualizo mi estado, respondo a las dudas de algunos amigos y aprovecho para mandar ánimos a algunos amigos que lo necesitan. El mundo no se conquista solo, os necesito. Podéis lograrlo, merluzos míos.

viernes, 30 de septiembre de 2016

Nunca mutes en polvo cósmico azulado

¡Sigo con vida!
He pasado mucho tiempo sin el netbook (cualquiera lo usaba en verano con el calor) pero ahora lo he recuperado y he regresado. Mhuahahaha. Así que podré volver a poner tonterías varias.

Por aquí no hay mucha novedad. No he conquistado ni un solo territorio nuevo. Me he enganchado a la 3ds y a varios mangas. Sigo estudiando idiomas en mis ratos libres. Mi merluzo sigue siendo adorable. Mi cuerpo me recuerda que ser mujer no mola. Lo típico.

El otoño ha entrado con buen tiempo, hojas asesinas y tres calamares gigantes sobre Plutón. Eso también es típico. Lo que no lo es tanto es que, por primera vez desde 2008, me he saltado la maldición de los JJOO. Y es que en los dos anteriores tuve recaídas del mal absoluto y fue todo muy horrible. Este año me he librado y hasta he podido emular a los gimnastas desde casa (el sofá da para muchos ejercicios si no aspiras a grandes cosas). El cambio de estación sí me ha afectado un poco más, pero eso ya es normal. Rachas peores las tengo dispersas durante todo el año, pero he aprendido a vivir con ello y no interfiere en mi vida diaria. Sin embargo, me consta que algunos de vosotros estáis en momentos no demasiado buenos ahora, así que ánimo. Recordad que esto es pasajero, ¿vale? Y dadme mil euros.

Y nada, ahora que el calor del averno ha desaparecido y puedo hacer cosas, toca salir de casa otra vez y hacer turismo por la ciudad, visitar a los amigos, mirar en direcciones aleatorias y todo eso.

Ya actualizaré con algo más decente la próxima vez.

miércoles, 24 de agosto de 2016

Falda plisada

-Toc, toc.
-...
-Onomatopeya de llamada a la puerta.
-Eso es peor aún que el toc, toc. Podrías llamar a la puerta de verdad.
-Demasiado convencional. Cuéntame.
-¿Que te cuente qué?
-Cómo va todo.
-Bah, tan pesado como siempre.
-Pero si hace meses que no paso por aquí, no puedes quejarte.
-No me quejo, me resigno. Podrías dejar de preocuparte tanto por mí, no soy una niña.
-No es preocupación, es curiosidad.
-Ah, bien. Entonces has de saber que me he aficionado a caminar sobre capas de hielo.
-Suena interesante.
-¿Sabes eso de que los esquimales tienen un montón de palabras para hablar de la nieve? Es un timo.
-Entiendo que te has hundido en el hielo más de una vez.
-Uf, incontables. Pero es muy divertido.
-Alguna vez deberías pensar antes de actuar.
-Y tú alguna vez deberías callar un poco. En serio, qué he hecho yo para merecer esto.

lunes, 11 de abril de 2016

Despilfarrando en moscas

-No me parece correcto lo que estás haciendo.
-Sí te lo parece, pero no lo quieres admitir.
-Es posible.
-Lo sabía. Intentas engañarme. Como cuando asesinaste a Much.
-¿Quién es Much?
-A mí qué me cuentas...
-...
-No me gustan tus silencios.
-No me gustan tus palabras.
-No me gustan los tomates que atacan a la gente.
-Pues a mí sí. Son los de mejor tipo.
-No te lo discutiré porque me estoy mareando.
-Ah, son los vapores. Necesitas un poco de hielo picado. Y tres ensaimadas.
-Aceptaré ensaimadas picadas, pero nada más.
-Siempre poniendo pegas.
-Es mi trabajo. Estudié duro para llegar hasta aquí. Siete años preparando el examen de acceso. Ochocientos de formación. Se dice pronto.
-Ni siquiera tuviste que disfrazarte de babosa ignífuga...
-Ya, eso es cierto. Pero es que para todo hay niveles. Y grados.
-Y espirales de gominola.
-Correcto. Ves, al final nos vamos entendiendo.
-Es posible. Pero seguiré sin reconocer que los pelícanos tienen su aquel.

miércoles, 23 de marzo de 2016

Casi se me olvida que nos vamos a morir

Que nadie se asuste por el título. No se trata de ninguna entrada triste ni propiciada por desgracias personales. Tan solo es una reflexión en voz alta (mentira, porque estoy afónica y además estoy tecleando, ja).

Seré directa. Nos morimos, humanos míos. Todos. Unos antes, otros después. Es la reflexión a la que todos llegamos cuando dejamos de ser unos niños y entramos en esa etapa absurdamente pedante y existencialista que es la adolescencia-primeras etapas de la juventud. Sí, esos momentos en los que "se descubre el mundo" y todo lo magnificamos y lo vivimos a lo grande (la revolución hormonal no se limita a cambiarnos la forma y ponernos pelo extra, también nos abre los ojos a "la verdad" y nos transforma en filósofos de baratillo). Qué drama, en serio. Que todo lo que hemos vivido es mentira, ya ves. Y estamos en esta sociedad, prisioneros de un destino al que nadie escapa, pensando cómo diablos se las apaña uno para seguir adelante cuando sabes que todo tiene fecha de caducidad.

¿Y qué pasa entonces? Pues que crecemos. Maduramos. Eso dice la teoría, yo creo que nos acostumbramos a la nueva condición de adultos, se nos pasan las tonterías y seguimos con nuestra vida. Se vaya a acabar o no, la vida nos pone obstáculos a todas horas y es más útil centrarse en ellos que en lo que pasará dentro de un puñado de décadas (porque todos aspiramos a morirnos de viejos, faltaría más).

¿Y a qué viene todo esto? Pues a nada. Bueno, a que estaba tosiendo hasta colocarme del revés y he mirado dramáticamente a mi melón mientras gritaba "¡Me muero! ¡Recuerda que te amé siempre!". Y no me he muerto, pero que lo recuerde igualmente. El caso es que,  en este arrebato de filósofo adolescente demasiado tardío, he pensado que igual me muero de una forma tontísima cuando menos me lo espero y me dejo la vida a la mitad, así con todo por medio. Sería un drama. O no. Pero el caso es que puede pasar perfectamente. Y yo aquí, viviendo como si fuese inmortal y lamentando desde el más allá no haberme tomado más en serio lo limitado de mi tiempo. Bueno, eso si creyese en el más allá, porque la verdad es que no lo hago. Y ya me gustaría (tiene que ser reconfortante) pero qué le voy a hacer, no lo consigo.

A lo que iba. Que todos vamos a morir, pero todos vamos por el mundo como si fuese algo que no va con nosotros. Es lógico, torturarnos por lo finito de nuestro tiempo no ayuda a que la vida sea precisamente maravillosa. Pero creo que debería existir un punto intermedio. Ni llorar por las esquinas porque algún día vamos a perder todo lo que tenemos (sí, todo, absolutamente todo) ni olvidar que estamos de paso y que nadie nos tiene garantizado un nuevo amanecer cada vez que vamos a acostarnos.
Porque luego pasa lo que pasa y la gente se lamenta de no haber hecho (y dicho) miles de cosas.

En realidad a esa conclusión llegué hace ya muuucho tiempo (hoy me ha dado por despertar el adolescente interior y recordarlo) y me dediqué a vivir cada día como si fuese el último. Sin perder la esperanza en que no lo sea (las estadísticas están de mi parte, confiaré en tener suerte) pero siendo consciente de la posibilidad existe.

¿Y qué es eso de vivir cada día como si fuese el último? ¿Implica dejar de perseguir metas y todo eso? Pues no. Que el día de mañana tendré que vivir de algo. Y ya no es solo cuestión de mera supervivencia, es que me gusta soñar con el futuro y hacer todo tipo de planes. Así que yo me limito a aplicarlo en un sentido muy sencillo: no te vayas a la cama dejando cosas pendientes. No quiero lamentarme si un día me levanto y descubro que falta alguien a quien querría haberle dicho más de lo que le dije. O peor aún, que mi última interacción con ese alguien haya sido de enfado o pasotismo. Que ya me veo toda la vida torturándome y queriendo cambiar el pasado. No, por ahí no paso. Aunque en realidad da un poco igual, es muy difícil que yo me enfade con alguien, pero la idea queda clara con ese ejemplo.

Buah, escribir con fiebre es malo. Tengo la costumbre de no corregir lo que escribo (salvo que encuentre una errata horrible que pueda dañar la salud de los lectores) y me gusta el resultado. Pero hoy creo que se me va de las manos, en el momento menos pensado voy a hablar de berenjenas.

Berenjenas. Son... moradas. Sí. Se comen. También se las puedes tirar a los demás a la cabeza. Versatilidad en estado puro.

Total, que volviendo al tema... pues estas cosas pasan. La gente se muere. Yo me moriré un día. Igual me muero de manera molona (sin darme cuenta, que es lo único que puede ser molón en eso de desaparecer para siempre) o igual de manera dramática. Y antes de morirme yo se morirá mucha gente a la que quiero y sin la que la vida va a tener mucho menos encanto. Tus amigos, tu familia, tu pareja... todo desaparece. Y tú también lo haces. Qué bien, ¿verdad? Vamos a tener una vida maravillosa y luego vamos a ir viendo cómo se viene abajo poco a poco.

A mí eso me frustró mucho de cría. Eso de morirse me parecía muy injusto y absurdo. Me lo sigue pareciendo, en realidad. El universo podría seguir sin vida exactamente igual y se evitaría mucho sufrimiento. Aunque también mucha alegría, eso hay que admitirlo. Es lo que hace que no vea mal que la gente siga reproduciéndose y trayendo al mundo seres conscientes que habrían estado muy bien sin existir (yo no me lamento por mi tiempo de no existencia... no ser, no sentir y no padecer me parece bastante aceptable). Uno no puede dejar de mirar mal cuando se entera de esta jugarreta que es la vida limitada, pero se te pasa el disgusto cuando piensas en todo lo que estás experimentando. Si, condenados a sufrir, pero es el precio a pagar para poder disfrutar.

Eso sí, me pregunto hasta qué punto es mejor el poder existir y ser consciente de la vida, con lo bueno y lo malo, que el no existir jamás. Lo positivo es mejor que la nada, pero igual lo pienso como justificación para una vida ya determinada en la que no me queda más opción. Buah, y luego la gente me pregunta si pienso tener hijos. Carezco de instinto maternal y encima me planteo estas cuestiones estúpidas. Acabará adoptando una piedra. O igual se me despierta ese instinto y me viene el egoísmo de golpe y me da igual condenar a otro ser a las maravillas y desgracias que implica la vida. Quién sabe.

Eh, con esto no quiero decir que no me guste estar viva. Desde el momento en que soy consciente de mi existencia, me gusta más estar viva que muerta. Pero es que es ese mismo ser consciente de lo que es vivir lo que condiciona mi respuesta. Nunca podré opinar desde el punto de vista de la no existencia (lo que no existe no opina, es lo que tienen estas cosas).

Total, que me desvío del tema inicial. Que la gente se muere y eso es chungo. No me mola. Pero es lo que hay. E independientemente de si tiene sentido esto de poblar el mundo de humanos con fecha de caducidad, estamos aquí y nos toca lidiar con nuestra mortalidad. Aunque la forma de lidiar suele ser sinónimo de hacer como que eso no va con nosotros. Ya nos preocuparemos por ello cuando llegue el momento. Pero es que ese momento puede ser mañana mismo. ¡No! No quiero. Pero puede pasar, quiera o no. Así que me enfrento a mi día a día a día exprimiéndolo al máximo. Sí, estoy aquí por tiempo limitado, como lo está la gente a la que quiero. Pero y qué. Es lo que hay, no lo puedo cambiar. Lo único que está en mi mano es decidir de qué manera me enfrento a esa certidumbre de la muerte y a la incertidumbre de cómo y cuándo llegará. Y la única forma que conozco de hacerlo es... viviendo. Pasando de las cosas chungas y quedándome con las buenas. Sin olvidar que cosas peores están por llegar, pero teniendo esa idea como una motivación para disfrutar todo lo posible del presente y no como una amenaza maligna.

Me pregunto si es por eso por lo que tantísimas cosas me dan igual. Que la gente me acepte o no, tener el trabajo de mis sueños o no, hacer méritos para no sé bien qué... pues nada de eso me quita el sueño. Porque a mí lo que me da la vida es irme a dormir cada noche después de haber pasado un día estupendo con la gente a la que quiero. Disfruto de mi familia, de mis amigos, de mi pareja. Y lo demás me da igual, la verdad. Y eh, tengo ambiciones y sueños. Me gusta hacer cosas nuevas y hacer planes de futuro. Buah, si de mí dependiese, dominaría el universo. Pero eso son cosas que están ahí para disfrutarlas, no para obsesionarme con ellas y condicionar mi vida. Dedico tiempo a garantizarme mi propia supervivencia futura, no soy tan alocada como para vivir sin planear. Pero intento que el tiempo que eso me roba sea mínimo.

Por eso, si me muero ahora, me iría al más allá (ese en el que no logro creer) con mucha tranquilidad. Hago todo lo que me gusta, digo que no a todo lo que no me apetece. No me callo ni uno solo de mis sentimientos y no dedico un solo minuto a los problemas que no tienen solución. Si quiero perseguir un sueño, lo hago al instante y no lo dejo para un futuro que no sé siquiera si tendrá lugar. Y (una de las cosas que considero más importantes) no me conformo con menos de lo que creo merecer. La vida es muy corta como para perder tiempo con gente que no te aporta nada o para compartir tus días con gente que no se entrega del mismo modo en que tú lo haces (ojo, en su derecho están de no hacerlo, como yo en el mío de buscarme personas nuevas). Así que ahí voy, lanzándome de lleno al camino de la esperanza, al de "voy a ver qué hago hoy para sentirme aún mejor", al de "no todo es de color de rosa, pero yo puedo elegir si mirar hacia las sombras o hacia la luz", al de "las berenjenas no son de metal ni de corcho". Etc.

Y es por eso que animo a disfrutar a los que se lamentan por las arrugas o las canas, por los kilos de más o de menos, por el despertar mayor o menor admiración, por... por no tener una vida perfecta, en definitiva (algo que no existe). Cambiad lo que no os gusta, dedicad más tiempo a lo que os hace sentir bien. Que estamos aquí de paso e igual mañana nos cae un meteorito en la cabeza y hala... a tomar viento (de levante tarifeño, por supuesto).
Buscad en vuestro interior la motivación para sonreír cada mañana.

-El abrazo de tu pareja, de tu hijo, de tu amigo, de tu mascota (qué te abrazan a su manera).
-Esos buenos libros y películas, esos juegos que te enganchan horas y horas.
-La naturaleza, el respirar aire puro, el caminar sin rumbo fijo descubriendo tu entorno. O la multitud bulliciosa de la ciudad y sus actividades sin fin, eso según los gustos de cada cual.
-El cambiar el mundo, aunque sea un poco. Adoptar a un animal abandonado, colaborar en una asociación de voluntariado, el defender causas justas con tu activismo... cualquier cosa que nos muestra que, si queremos, podemos aportar nuestro granito de arena y ser útiles. La vida es efímera, pero podemos hacer más agradable ese trayecto que realizamos juntos día a día.
-Crear. Dibujar, escribir, fotografiar, moldear, imaginar. Porque nadie puede poner límites a nuestra mente y eso es maravilloso.
-Vivir nuevas experiencias. Viajar, conocer gente nueva, aprender otro idioma, interesarte por nuevos temas, descubrir todo aquello que nos rodea.

Todas estas cosas (hay más, pero estoy vaga y ya llevo un buen tocho escrito) son las que me hacen sentir bien. Son las que me llenan tanto que casi hacen que olvide que nos vamos a morir. Y son también las que, cuando lo recuerdo, me hacen esbozar una sonrisa y pensar que no me queda entonces ni un solo minuto que desperdiciar.

miércoles, 10 de febrero de 2016

De mi perro y mis amigos (y de una carpa)

Tras unos días sin internet, regreso con todas las consecuencias. Las consecuencias son varias y no tengo ganas de enumerarlas. Pero una de ellas es actualizar el blog.

Qué decir, mi última entrada fue triste, pero es que triste he estado desde entonces. Ayer hizo una semana que durmieron a Plinio y reconozco que a veces aún se me escapa alguna lagrimilla. Pero desde luego, estoy mucho mejor y ya lo he asumido. Los primeros días pensé que me iba a dar un mal, no tenía ganas de nada, fue horrible. Y eso que yo vivo fuera desde hace casi un año y no tenía trato a diario como el resto de mi familia. Pero ay, cómo se quiere a los animales. O cómo los queremos algunas personas, porque me consta que hay quien no entiende el duelo por una mascota. La mayor parte, gente que no ha vivido la experiencia de tener animales. Otros porque no tienen corazón (recordemos que hay quien es capaz de abandonar a su propia mascota). Pero la verdad, me importa poco quien no lo entienda, porque hoy vengo a hablar de quienes sí lo hacen. O de quienes, sin hacerlo, se han volcado en mí para tratar de hacerme sentir mejor.

Sí, esta entrada os la dedico a vosotros. Porque dicen que todo lo malo lleva aparejado algo bueno, y en este caso lo positivo ha sido (además de la buena compañía perruna de tantos años) el disfrutar de vuestro apoyo.

Quiero dar las gracias por vuestras palabras de ánimo, tanta públicas como privadas. Tanto en los momentos previos como después me hicieron mucho bien. Fue un momento mucho más duro de lo que pensé. He perdido ya familiares, he sufrido rupturas amorosas... y sin embargo, esto me ha dolido bastante más. No me lo esperaba para nada. Pero es que Plinio era mucho Plinio. Lo bueno es que ya puedo recordar los buenos momentos sin venirme abajo, ya siento que vuelvo a disfrutar y he recuperado las ganas de hacer cosas.

Es agradable echar la vista atrás y recordar tantos mensajes de gente preocupándose por mí, tantas conversaciones con el objeto de comprobar cómo me encontraba y ver si lo estaba llevando bien (aunque fuera disimulado, de esas cosas me percato, jeje).
Y no pueden faltar los agradecimientos a los que sacaron tiempo para estar conmigo en los peores momentos. A Tomas y Alberto por encontrar un rato para verme en el exilio jerezano (me vino genial salir) y a Mariela y Fran por buscar un hueco imposible entre burocracia y reuniones para estar conmigo durante la espera en la estación. En serio, ese día fue especialmente malo y vuestros abrazos y compañía lo hicieron todo muchísimo más llevadero.

Por supuesto, gracias también a los amigos madrileños que se preocuparon por mí y me invitaron a salir para despejarme un poco (y para darme antojo de figuritas XD).

Finalmente, tengo que dar las gracias a mi melón, que me ha dado todo su cariño y me ha cuidado muy bien. Se ha preocupado mucho por hacerme sentir bien y aliviar mi pena. Claro que siempre se preocupa por mí y me trata muy bien, pero eso da igual. Se lo quiero agradecer de todos modos.

Total, que ahora que han pasado unos días, me siento ya mucho mejor. Y tenía ganas de haceros saber mi agradecimiento por todo vuestro apoyo. Por los mil euros no, porque no han llegado. Así que os castigo sin hablar de la carpa a la que hace referencia el título. Ja.


sábado, 30 de enero de 2016

A mi perro

Te vas. Y yo no quiero que lo hagas. Pero en mi mano solo está el intentar contener las lágrimas que se empeñan en mojar permanentemente mis mejillas. Quiero ser fuerte y poder apoyar a mi familia, quiero disfrutar de estas inciertas horas (con suerte, días) en los que aún te vas a sentir lo suficientemente bien para poder seguir a nuestro lado. Pero te vas. Y no quiero. Nadie quiere. Pero lo haces. Y duele, duele mucho. Como nunca imaginé que podía doler. Y me enfado conmigo misma porque debería ser más fuerte, porque estoy desaprovechando entre lágrimas mis últimos momentos a tu lado. Aunque el enfado se me pasa pronto, porque nadie elige el modo en que le afectan las cosas. Yo pensé que lo llevaría mejor, que soy la que menos vinculada está a ti. Pero no contaba con lo extremadamente sensibloide que soy. Si lloro con las películas, cómo no voy a llorar cuando te veo hecho un ovillito y sé que te estás preparando para marcharte. No es justo, me da igual que sea ley de vida. Me da igual que ya supiese que iba a pasar esto el día en el que decidimos adoptarte. Porque no quiero que nos dejes.

Pero sé que pido un imposible. La única manera de que no nos dejaras sería no haberte conocido nunca. Habrías vivido sin el calor de esta familia y tu hora habría llegado igualmente. La única diferencia es que yo no estaría siendo consciente de que ahora estás disfrutando de tus últimos días. Y es que nada te librará de este destino, la ignorancia solo cambiaría una cosa: yo no estaría llorando por ti. Y aunque en estos momentos pueda sonar tentador evadirse del dolor que supone la despedida, no me arrepiento en absoluto de no haber vivido ignorando tu existencia. Porque si sufro por el adiós es porque me has hecho muy feliz. Tu simple presencia llenaba de alegría esta casa. Y te vamos a echar mucho de menos. Cuánto has cambiado nuestra vida para que ahora nos duela tanto despedirnos. Cuánto cariño has despertado en aquellos que no sabíamos todo lo que podía llegar a quererse a un animal. Y aunque no te podemos dar las gracias, aunque no puedes entenderlo, hemos procurado hacer de tu vida la mejor. Como lo haremos con tu muerte. No te van a faltar los mimos estos días. Porque te vas, pero hasta que lo hagas estamos todos juntos. Tú nos lo has dado todo, déjanos hacer lo propio, déjanos estar a tu lado hasta el final y despedirte como mereces, sin sufrimiento y acompañado de quienes tanto te quieren.

Te vas. Y parte de mí se irá contigo. Y parte de ti quedará a mi lado. Y cuando las lágrimas se sequen, sonreiré. Porque habré tenido la maravillosa suerte de que hayas formado parte de mi vida.

Te queremos. Mucho.