Te vas. Y yo no quiero que lo hagas. Pero en mi mano solo está el intentar contener las lágrimas que se empeñan en mojar permanentemente mis mejillas. Quiero ser fuerte y poder apoyar a mi familia, quiero disfrutar de estas inciertas horas (con suerte, días) en los que aún te vas a sentir lo suficientemente bien para poder seguir a nuestro lado. Pero te vas. Y no quiero. Nadie quiere. Pero lo haces. Y duele, duele mucho. Como nunca imaginé que podía doler. Y me enfado conmigo misma porque debería ser más fuerte, porque estoy desaprovechando entre lágrimas mis últimos momentos a tu lado. Aunque el enfado se me pasa pronto, porque nadie elige el modo en que le afectan las cosas. Yo pensé que lo llevaría mejor, que soy la que menos vinculada está a ti. Pero no contaba con lo extremadamente sensibloide que soy. Si lloro con las películas, cómo no voy a llorar cuando te veo hecho un ovillito y sé que te estás preparando para marcharte. No es justo, me da igual que sea ley de vida. Me da igual que ya supiese que iba a pasar esto el día en el que decidimos adoptarte. Porque no quiero que nos dejes.
Pero sé que pido un imposible. La única manera de que no nos dejaras sería no haberte conocido nunca. Habrías vivido sin el calor de esta familia y tu hora habría llegado igualmente. La única diferencia es que yo no estaría siendo consciente de que ahora estás disfrutando de tus últimos días. Y es que nada te librará de este destino, la ignorancia solo cambiaría una cosa: yo no estaría llorando por ti. Y aunque en estos momentos pueda sonar tentador evadirse del dolor que supone la despedida, no me arrepiento en absoluto de no haber vivido ignorando tu existencia. Porque si sufro por el adiós es porque me has hecho muy feliz. Tu simple presencia llenaba de alegría esta casa. Y te vamos a echar mucho de menos. Cuánto has cambiado nuestra vida para que ahora nos duela tanto despedirnos. Cuánto cariño has despertado en aquellos que no sabíamos todo lo que podía llegar a quererse a un animal. Y aunque no te podemos dar las gracias, aunque no puedes entenderlo, hemos procurado hacer de tu vida la mejor. Como lo haremos con tu muerte. No te van a faltar los mimos estos días. Porque te vas, pero hasta que lo hagas estamos todos juntos. Tú nos lo has dado todo, déjanos hacer lo propio, déjanos estar a tu lado hasta el final y despedirte como mereces, sin sufrimiento y acompañado de quienes tanto te quieren.
Te vas. Y parte de mí se irá contigo. Y parte de ti quedará a mi lado. Y cuando las lágrimas se sequen, sonreiré. Porque habré tenido la maravillosa suerte de que hayas formado parte de mi vida.
Te queremos. Mucho.
sábado, 30 de enero de 2016
martes, 24 de noviembre de 2015
Las amapolas no suelen atracar a la gente
¡He vuelto!
En una nueva versión, Mello 3.77.1, que cuenta con añadidos muy interesantes (como nórdico abrigadísimo y bombones lindor).
Por lo demás, la vida sigue como siempre. En mi última entrada hablaba sobre lo adicta que me había vuelto a mi melón. A día de hoy sigo siendo igual de adicta, pero como ya no hace calor del averno podemos achucharnos por las noches, así que la valoración global de nuestra relación ya alcanza el nivel de sepia interestelar con lacitos.
Pero hoy no voy a hablar de mi merluzo. Porque resultaría todo demasiado empalagoso. Hablaré...hmmmm... de cañas de pescar. Y de calcetines. Quizá también de licuadoras. O no. Quizá acabe hablando de cosas mucho más interesantes, como los caracoles británicos.
Hablando de caracoles, el más celebre de ellos es Romualdo II. Vivió allá por el siglo VII y nos dejó sabios consejos para alcanzar la felicidad:
-No te amputes miembros para combatir el aburrimiento.
-Duerme mucho, trabaja poco y gana la lotería.
-Todo mejora con chocolate y dulces. Siempre que no estén envenenados.
-No te cases con un taburete astillado. Nunca cumplen nada de lo que prometen, aléjate de ellos.
-Vive cada día como si te estuviese persiguiendo un elefante pigmeo albino.
Y es que no se puede ser infeliz siguiendo estas pautas. Bueno, igual sí, pero hay que esforzarse mucho. Y el esfuerzo es peligroso. Mirad a vuestro alrededor y sed conscientes de ello. La gente se esfuerza por conseguir cosas. Y al final se mueren. Los que no se esfuerzan también se mueren, pero con menos cansancio.
Así que disfrutad de estos días de frío, de mantas, de chocolate caliente. Sin mosquitos, sin deshidrataciones, sin quemaduras solares. El frío es bueno. Si te puedes quedar en casa junto a la calefacción, claro. De lo contrario, pues es bueno también, porque no queda bien que se me fastidie el argumento.
Y esto es todo por hoy.
En una nueva versión, Mello 3.77.1, que cuenta con añadidos muy interesantes (como nórdico abrigadísimo y bombones lindor).
Por lo demás, la vida sigue como siempre. En mi última entrada hablaba sobre lo adicta que me había vuelto a mi melón. A día de hoy sigo siendo igual de adicta, pero como ya no hace calor del averno podemos achucharnos por las noches, así que la valoración global de nuestra relación ya alcanza el nivel de sepia interestelar con lacitos.
Pero hoy no voy a hablar de mi merluzo. Porque resultaría todo demasiado empalagoso. Hablaré...hmmmm... de cañas de pescar. Y de calcetines. Quizá también de licuadoras. O no. Quizá acabe hablando de cosas mucho más interesantes, como los caracoles británicos.
Hablando de caracoles, el más celebre de ellos es Romualdo II. Vivió allá por el siglo VII y nos dejó sabios consejos para alcanzar la felicidad:
-No te amputes miembros para combatir el aburrimiento.
-Duerme mucho, trabaja poco y gana la lotería.
-Todo mejora con chocolate y dulces. Siempre que no estén envenenados.
-No te cases con un taburete astillado. Nunca cumplen nada de lo que prometen, aléjate de ellos.
-Vive cada día como si te estuviese persiguiendo un elefante pigmeo albino.
Y es que no se puede ser infeliz siguiendo estas pautas. Bueno, igual sí, pero hay que esforzarse mucho. Y el esfuerzo es peligroso. Mirad a vuestro alrededor y sed conscientes de ello. La gente se esfuerza por conseguir cosas. Y al final se mueren. Los que no se esfuerzan también se mueren, pero con menos cansancio.
Así que disfrutad de estos días de frío, de mantas, de chocolate caliente. Sin mosquitos, sin deshidrataciones, sin quemaduras solares. El frío es bueno. Si te puedes quedar en casa junto a la calefacción, claro. De lo contrario, pues es bueno también, porque no queda bien que se me fastidie el argumento.
Y esto es todo por hoy.
jueves, 27 de agosto de 2015
Tengo miedo
Temor. Pavor. Terror. Horror. Pánico. Cucarachas. Flamenco.
Palabras, todas ellas, sinónimas de miedo. En diferentes grados, desde ese ligero cosquilleo en la nuca a la encarnación de "El grito" de Munch. En noruego se llama Skrik, que no se diga que este blog no culturiza.
Todos sentimos miedo. Los hay universales, como el miedo a que te toque la lotería y acabes arruinado en una cuneta tras gastarte toda la pasta en prostitución, juegos de azar y ensaimadas. O el miedo a que tu fama aumente de manera desorbitada y no consigas distinguir si la gente te adora por lo que eres o por tu maravillosa y envidiable vida de persona guay.
También están los miedos secundarios, esos más discretos como el miedo a la muerte, al sufrimiento, a la soledad, a la política, etc.
Pero hay una tercera clase de miedos. Los miedos insospechados, los que despiertan un buen día en el fondo de tu ser y te hacen plantearte cosas. Cosas de todo tipo, de esas que darían para trescientas veinte entradas en este blog. Cosas. Ah, cosas. Cosas.
Y acabo de descubrir que soy presa de este tipo de terror que ataca a traición. El miedo a convertirte en una persona completamente diferente a la que siempre has sido. El miedo a traicionar a tu naturaleza más profunda. A que te empiecen a gustar los niños o la informática. O como en mi caso... a volverte adicta a un merluzo, que viene a ser algo igual de horroroso.
Yo soy tierna. Y romántica. Y hasta puedo ser ñoña. A mi melón le dejo mensajes sorpresa cada dos por tres, de contenido edulcorado. Desde un "Te quiero" a un "Es La Española una aceituna como ningunaaaaaaa". Así soy yo. Pero ahora, con la inminente visita a esos seres conocidos como familia (padre, madre, hermano, perro gordo y cama primigenia) ha aflorado el terror. Porque me he vuelto pegajosa y dependiente. Porque pese a que tengo ganas de ver a los míos, me doy cuenta de que mi merluzo es ahora más mío que ninguna otra cosa. Y que dejarlo aquí hace que se me empañen los ojos mientras nos abrazamos fuerte y nos hacemos promesas dramáticas.
"Te escribiré todos los días". "Te seré fiel". "No me fugaré a La Patagonia". "No traficaré con ostras caducadas".
Es duro, muy duro. Año y medio de relación a distancia, sobreviviendo a vernos en contadas ocasiones... y todo para qué. Para que seis meses de convivencia basten para que me convierta en un ser que suspira corazones y florecillas rosas. Para que sienta pena al separarme diez miserables días. Para condenarme al sufrimiento eterno de la ignominia.
Esto, amebas mías, es el miedo. En su estado más salvaje y crudo.
Rogad por la salvación de mi alma. Y por el fin de la deforestación y el tráfico de influencias.
Palabras, todas ellas, sinónimas de miedo. En diferentes grados, desde ese ligero cosquilleo en la nuca a la encarnación de "El grito" de Munch. En noruego se llama Skrik, que no se diga que este blog no culturiza.
Todos sentimos miedo. Los hay universales, como el miedo a que te toque la lotería y acabes arruinado en una cuneta tras gastarte toda la pasta en prostitución, juegos de azar y ensaimadas. O el miedo a que tu fama aumente de manera desorbitada y no consigas distinguir si la gente te adora por lo que eres o por tu maravillosa y envidiable vida de persona guay.
También están los miedos secundarios, esos más discretos como el miedo a la muerte, al sufrimiento, a la soledad, a la política, etc.
Pero hay una tercera clase de miedos. Los miedos insospechados, los que despiertan un buen día en el fondo de tu ser y te hacen plantearte cosas. Cosas de todo tipo, de esas que darían para trescientas veinte entradas en este blog. Cosas. Ah, cosas. Cosas.
Y acabo de descubrir que soy presa de este tipo de terror que ataca a traición. El miedo a convertirte en una persona completamente diferente a la que siempre has sido. El miedo a traicionar a tu naturaleza más profunda. A que te empiecen a gustar los niños o la informática. O como en mi caso... a volverte adicta a un merluzo, que viene a ser algo igual de horroroso.
Yo soy tierna. Y romántica. Y hasta puedo ser ñoña. A mi melón le dejo mensajes sorpresa cada dos por tres, de contenido edulcorado. Desde un "Te quiero" a un "Es La Española una aceituna como ningunaaaaaaa". Así soy yo. Pero ahora, con la inminente visita a esos seres conocidos como familia (padre, madre, hermano, perro gordo y cama primigenia) ha aflorado el terror. Porque me he vuelto pegajosa y dependiente. Porque pese a que tengo ganas de ver a los míos, me doy cuenta de que mi merluzo es ahora más mío que ninguna otra cosa. Y que dejarlo aquí hace que se me empañen los ojos mientras nos abrazamos fuerte y nos hacemos promesas dramáticas.
"Te escribiré todos los días". "Te seré fiel". "No me fugaré a La Patagonia". "No traficaré con ostras caducadas".
Es duro, muy duro. Año y medio de relación a distancia, sobreviviendo a vernos en contadas ocasiones... y todo para qué. Para que seis meses de convivencia basten para que me convierta en un ser que suspira corazones y florecillas rosas. Para que sienta pena al separarme diez miserables días. Para condenarme al sufrimiento eterno de la ignominia.
Esto, amebas mías, es el miedo. En su estado más salvaje y crudo.
Rogad por la salvación de mi alma. Y por el fin de la deforestación y el tráfico de influencias.
martes, 14 de julio de 2015
Por qué escribo
No puedo vivir sin escribir. Es un hecho. Bueno, no lo es, porque podría vivir sin escribir sin problemas. Pero entonces me quedo sin recursos dramáticos para el inicio de la entrada.
Algunos pueden pensar que el hecho de que escriba es algo natural. Estudié periodismo y esas cosas. Pero realmente el estudiar periodismo fue la salida lógica para alguien a quien se le daba bien escribir y no tenía ninguna preferencia concreta sobre qué hacer con su vida. De hecho, no me gusta el periodismo. Nunca me molesté en aprender a escribir correctamente, ni para los medios ni para mí misma. Me dan igual las estructuras, los objetivos, el estilo... paso de todo. La verdad es que debería haber estudiado otra cosa, pero soy de esas personas que gustan de conocimientos con poca utilidad para el mercado laboral. El hecho de que me gustasen las ciencias pero fuese negada para las matemáticas tampoco ayudó para decantarme por algo más interesante que las humanidades. Así que aquí estoy, periodista titulada que hace caso omiso de lo que pone en ese papelote de la universidad. Y pese a ello sigo escribiendo, con mi abuso de comas, con mis dedos tecleando más despacio que las palabras que vomita mi mente. Con mi desorden, mi caos, mi tormenta desatada que plasmo sobre un papel (virtual, en este caso) sin preocuparme de si alguien lo leerá o de si, en caso de hacerlo, encontrará sentido a lo escrito.
Nunca corrijo mis textos (salvo que encuentre un fallo que cambie el sentido de lo que pretendía decir). Porque entonces dejaría de ser yo, aquella que escribe todo lo que se le pasa por la cabeza sin más orden que el que dicta mi cerebro según voy pulsando teclas. Y porque soy vaga, claro. Por eso nunca podría ser una buena escritora aunque me lo propusiese. No sirvo para poner las cosas bonitas, para pulir los párrafos o para transmitir con estilo las ideas que guarda mi mente.
Así pues, no escribo para crear algo bonito. Ni para transmitir ideas. Ni siquiera para contar historias. Alguna vez lo haré, con mi estilo poco formal y con abundancia de lo absurdo. Pero hasta ahora únicamente he escrito porque mi cuerpo lo pide. A veces tengo la necesidad de escribir. No sé sobre qué, no tengo nada concreto en mente. Pero necesito abrir el blog y poner algo. Cualquier tontada. Es como si necesitara rebajar la presión contenida dentro de mí y las palabras me sirvieran perfectamente para ese fin.
A veces escribo porque me siento tan llena de vida que tengo que buscar el modo de calmar el remolino de pensamientos que me invade. A veces me siento inmensamente feliz y mis dedos buscan las teclas en un extraño intento de conservar esos momentos en forma de escritos improvisados.
También ocurre lo contrario, a ratos vivir se convierte en algo complicado y escribir me ayuda a deshacerme de esa sensación de forma rápida y eficaz.
No sabría decir por qué la tristeza o la felicidad me conducen inevitablemente a la escritura. Supongo que no es raro cuando se tiene el tipo de problemas que tengo yo. Mi vida es feliz en el 90% de las ocasiones. Otro 5% podría decirse que es puro éxtasis donde el mero hecho de respirar produce deleite. Y el 5% restante es cuando todo se vuelve gris. Con suerte, esa atmósfera plomiza se limita a comportarse como un invitado inesperado que trastoca todos los planes que tenías ese día. Y escribir es entonces el modo de darle la espalda a ese invitado con el que nadie contaba.
Así que escribir es la forma de regular mis emociones. Tanto las buenas como las malas. Ciertamente, a veces escribo por el mero placer de hacerlo, porque me apetece probar y ver qué sale de mi mente en un momento dado. Pero la mayoría de las veces es mi forma de aislarme de la realidad un rato, bucear en lo más profundo de mi mente y poner un poco de orden en los pensamientos que se han ido acumulando con el transcurrir del tiempo.
Escribo poco, es cierto. Normalmente porque mi vida transcurre de forma apacible, una felicidad calmada que me convierte en la persona más afortunada del mundo. Solo cuando el equilibrio se rompe, sea porque la euforia en mi vida o porque la mañana amanece más gris que de costumbre, es cuando recurro al blog. Al menos de forma natural. Otras veces escribo porque no me gusta perder la costumbre, por informar a la gente de cómo va todo o, como dije antes, porque me apetece ver qué le da a mi cabeza por crear de la nada. Pero ninguno de esos textos nace fruto de la necesidad, son prescindibles.
Así que a veces escribo porque quiero. Otras porque algo dentro de mí lo pide a gritos. Y no es que me pida que ponga en orden mis ideas ni que me reconforte poder leer sobre un problema determinado con la calma que aporta escribir y reflexionar sobre ello. Ojalá. Pero mis problemas no funcionan así, cuando mi ánimo cambia es por motivos que escapan a mi control, por ese cerebro mío que está en tratamiento desde aquel verano de 2008 (pero que había estado luchando por funcionar con normalidad durante toda mi vida). Supongo que ante la frustración de que mi ánimo cambie sin motivo la escritura es la mejor herramienta de la que dispongo. Ante sensaciones que nace de la nada, lo mejor son textos que se originan en el mismo lugar. Escribir sin pensar, pues no hay nada que tratar de entender cuando el ánimo juega una mala pasada. Escribir sin ideas claras, pues la mente no se somete a control alguno cuando la felicidad irradia del corazón acelerado. Me sienta triste o alegre, el resultado es el mismo. Un texto improvisado que bebe de las sensaciones del momento.
Se puede decir que escribo por el mismo motivo por el que siento. Porque así es mi vida, así es mi mundo. Siento, expreso y vivo.
Algunos pueden pensar que el hecho de que escriba es algo natural. Estudié periodismo y esas cosas. Pero realmente el estudiar periodismo fue la salida lógica para alguien a quien se le daba bien escribir y no tenía ninguna preferencia concreta sobre qué hacer con su vida. De hecho, no me gusta el periodismo. Nunca me molesté en aprender a escribir correctamente, ni para los medios ni para mí misma. Me dan igual las estructuras, los objetivos, el estilo... paso de todo. La verdad es que debería haber estudiado otra cosa, pero soy de esas personas que gustan de conocimientos con poca utilidad para el mercado laboral. El hecho de que me gustasen las ciencias pero fuese negada para las matemáticas tampoco ayudó para decantarme por algo más interesante que las humanidades. Así que aquí estoy, periodista titulada que hace caso omiso de lo que pone en ese papelote de la universidad. Y pese a ello sigo escribiendo, con mi abuso de comas, con mis dedos tecleando más despacio que las palabras que vomita mi mente. Con mi desorden, mi caos, mi tormenta desatada que plasmo sobre un papel (virtual, en este caso) sin preocuparme de si alguien lo leerá o de si, en caso de hacerlo, encontrará sentido a lo escrito.
Nunca corrijo mis textos (salvo que encuentre un fallo que cambie el sentido de lo que pretendía decir). Porque entonces dejaría de ser yo, aquella que escribe todo lo que se le pasa por la cabeza sin más orden que el que dicta mi cerebro según voy pulsando teclas. Y porque soy vaga, claro. Por eso nunca podría ser una buena escritora aunque me lo propusiese. No sirvo para poner las cosas bonitas, para pulir los párrafos o para transmitir con estilo las ideas que guarda mi mente.
Así pues, no escribo para crear algo bonito. Ni para transmitir ideas. Ni siquiera para contar historias. Alguna vez lo haré, con mi estilo poco formal y con abundancia de lo absurdo. Pero hasta ahora únicamente he escrito porque mi cuerpo lo pide. A veces tengo la necesidad de escribir. No sé sobre qué, no tengo nada concreto en mente. Pero necesito abrir el blog y poner algo. Cualquier tontada. Es como si necesitara rebajar la presión contenida dentro de mí y las palabras me sirvieran perfectamente para ese fin.
A veces escribo porque me siento tan llena de vida que tengo que buscar el modo de calmar el remolino de pensamientos que me invade. A veces me siento inmensamente feliz y mis dedos buscan las teclas en un extraño intento de conservar esos momentos en forma de escritos improvisados.
También ocurre lo contrario, a ratos vivir se convierte en algo complicado y escribir me ayuda a deshacerme de esa sensación de forma rápida y eficaz.
No sabría decir por qué la tristeza o la felicidad me conducen inevitablemente a la escritura. Supongo que no es raro cuando se tiene el tipo de problemas que tengo yo. Mi vida es feliz en el 90% de las ocasiones. Otro 5% podría decirse que es puro éxtasis donde el mero hecho de respirar produce deleite. Y el 5% restante es cuando todo se vuelve gris. Con suerte, esa atmósfera plomiza se limita a comportarse como un invitado inesperado que trastoca todos los planes que tenías ese día. Y escribir es entonces el modo de darle la espalda a ese invitado con el que nadie contaba.
Así que escribir es la forma de regular mis emociones. Tanto las buenas como las malas. Ciertamente, a veces escribo por el mero placer de hacerlo, porque me apetece probar y ver qué sale de mi mente en un momento dado. Pero la mayoría de las veces es mi forma de aislarme de la realidad un rato, bucear en lo más profundo de mi mente y poner un poco de orden en los pensamientos que se han ido acumulando con el transcurrir del tiempo.
Escribo poco, es cierto. Normalmente porque mi vida transcurre de forma apacible, una felicidad calmada que me convierte en la persona más afortunada del mundo. Solo cuando el equilibrio se rompe, sea porque la euforia en mi vida o porque la mañana amanece más gris que de costumbre, es cuando recurro al blog. Al menos de forma natural. Otras veces escribo porque no me gusta perder la costumbre, por informar a la gente de cómo va todo o, como dije antes, porque me apetece ver qué le da a mi cabeza por crear de la nada. Pero ninguno de esos textos nace fruto de la necesidad, son prescindibles.
Así que a veces escribo porque quiero. Otras porque algo dentro de mí lo pide a gritos. Y no es que me pida que ponga en orden mis ideas ni que me reconforte poder leer sobre un problema determinado con la calma que aporta escribir y reflexionar sobre ello. Ojalá. Pero mis problemas no funcionan así, cuando mi ánimo cambia es por motivos que escapan a mi control, por ese cerebro mío que está en tratamiento desde aquel verano de 2008 (pero que había estado luchando por funcionar con normalidad durante toda mi vida). Supongo que ante la frustración de que mi ánimo cambie sin motivo la escritura es la mejor herramienta de la que dispongo. Ante sensaciones que nace de la nada, lo mejor son textos que se originan en el mismo lugar. Escribir sin pensar, pues no hay nada que tratar de entender cuando el ánimo juega una mala pasada. Escribir sin ideas claras, pues la mente no se somete a control alguno cuando la felicidad irradia del corazón acelerado. Me sienta triste o alegre, el resultado es el mismo. Un texto improvisado que bebe de las sensaciones del momento.
Se puede decir que escribo por el mismo motivo por el que siento. Porque así es mi vida, así es mi mundo. Siento, expreso y vivo.
lunes, 13 de julio de 2015
Sombra latente
El sol estaba alto. Muy alto. Todo era luz y calor. Era una de esas tardes en las que uno querría quedarse dormitando a la sombra junto a una fuente de agua bien fresca. Pero él no podía permitirse ese lujo.
Sus ojos repasaban las edades del mundo. La pereza zumbaba a su alrededor con monotonía. Y su alma se preguntaba por qué alguien le dio nombre para luego desterrarlo al olvido. Siempre hablaba de almas, aunque sabía que era algo que jamás llegaría a tener. Pero acaso importan las formas de referirse a su ser, a lo más profundo del pensamiento que se enmarañaba en el recorrido entre su cabeza y sus entrañas.
Sombra a retales, parches de hielo entre la luz. Acariciaba desordenadamente hasta el último recoveco, arañando las paredes cuando el sol apretaba un poco más. Crujía como el pasto seco, acompañando al chirriar agudo de la tiza sobre la pizarra. Pegajosa como el surco de sus miedos, como el sudor de la presa que se oculta cuando ya no puedo correr más. Casi humana, como él.
No es día de caza, se recordó en silencio. Aún no dejaban alzar la vista más allá de los prados, hacia la colina en la que empezó todo.
Al menos le dejaban sonreír.
Sus ojos repasaban las edades del mundo. La pereza zumbaba a su alrededor con monotonía. Y su alma se preguntaba por qué alguien le dio nombre para luego desterrarlo al olvido. Siempre hablaba de almas, aunque sabía que era algo que jamás llegaría a tener. Pero acaso importan las formas de referirse a su ser, a lo más profundo del pensamiento que se enmarañaba en el recorrido entre su cabeza y sus entrañas.
Sombra a retales, parches de hielo entre la luz. Acariciaba desordenadamente hasta el último recoveco, arañando las paredes cuando el sol apretaba un poco más. Crujía como el pasto seco, acompañando al chirriar agudo de la tiza sobre la pizarra. Pegajosa como el surco de sus miedos, como el sudor de la presa que se oculta cuando ya no puedo correr más. Casi humana, como él.
No es día de caza, se recordó en silencio. Aún no dejaban alzar la vista más allá de los prados, hacia la colina en la que empezó todo.
Al menos le dejaban sonreír.
viernes, 22 de mayo de 2015
La frambuesa no ha hecho nada por mí
El título no podría ser más cierto. No hay nada positivo en mi vida que deba agradecer a las frambuesas. Tampoco nada negativo por lo que culparlas, la verdad sea dicha.
Esta información tan relevante da para horas y horas de reflexión, pero ahora no me apetece en absoluto reflexionar. Lo que me apetece es tener millones de euros. En su defecto, algunos miles. O una alpaca. Mil alpacas no, porque sería excesivo.
No sé cómo hemos llegado a mayo. Ni mucho menos cómo mayo se está acabando ya. Esta ciudad hace que el tiempo pase muy rápido. Hay mucho que hacer, mucho que ver. Y encima tengo a un merluzo al que ya dediqué una edulcorada entrada el mes pasado. Si es que solo me faltan los millones de euros, en serio. Con eso mi vida sería completa. Bueno, no, pero lo tendría mucho más fácil. Completa solo será cuando domine un territorio molón del universo. Es decir, nunca. Porque la vagancia me puede. Y el espacio está lleno de cosas raras y es muy negro y muy carente de atmósfera con olor a canela.
Hoy quiero hablar de Justiniano. Ese pobre hombre del siglo XVI que sufrió el ataque de la mariposa turca. O igual fue un trozo de corcho infame lo que decidió atacar a Justiniano. Nunca lo sabremos, porque acabo de decir que no quiero hablar de ello. No mientras aún estén recientes aquellos hechos macabros de la explanada de Padroseco (región sur).
En realidad no quiero hablar de nada. Así que os dejo con una serie de asteriscos distribuidos aleatoriamente:
* *
*
**
* *
*
Precioso. Una obra de arte. Digno de los mejores museos del mundo. Cuenta con la bendición de un caimán cojo, con eso lo digo todo.
Esta información tan relevante da para horas y horas de reflexión, pero ahora no me apetece en absoluto reflexionar. Lo que me apetece es tener millones de euros. En su defecto, algunos miles. O una alpaca. Mil alpacas no, porque sería excesivo.
No sé cómo hemos llegado a mayo. Ni mucho menos cómo mayo se está acabando ya. Esta ciudad hace que el tiempo pase muy rápido. Hay mucho que hacer, mucho que ver. Y encima tengo a un merluzo al que ya dediqué una edulcorada entrada el mes pasado. Si es que solo me faltan los millones de euros, en serio. Con eso mi vida sería completa. Bueno, no, pero lo tendría mucho más fácil. Completa solo será cuando domine un territorio molón del universo. Es decir, nunca. Porque la vagancia me puede. Y el espacio está lleno de cosas raras y es muy negro y muy carente de atmósfera con olor a canela.
Hoy quiero hablar de Justiniano. Ese pobre hombre del siglo XVI que sufrió el ataque de la mariposa turca. O igual fue un trozo de corcho infame lo que decidió atacar a Justiniano. Nunca lo sabremos, porque acabo de decir que no quiero hablar de ello. No mientras aún estén recientes aquellos hechos macabros de la explanada de Padroseco (región sur).
En realidad no quiero hablar de nada. Así que os dejo con una serie de asteriscos distribuidos aleatoriamente:
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Precioso. Una obra de arte. Digno de los mejores museos del mundo. Cuenta con la bendición de un caimán cojo, con eso lo digo todo.
domingo, 26 de abril de 2015
Tengo el mejor novio del mundo (entrada edulcorada)
Tengo el mejor novio del mundo. Normal que piense eso, es MI novio. Y lo lógico es que cualquier persona emparejada lo piense (de su novio, no del mío XD). Si no es así, no sé qué hace la gente perdiendo el tiempo.
Eh, el mejor novio del mundo no implica el novio perfecto. Porque la perfección no existe y yo soy lo más cercano a ella que podemos encontrar (y a la modestia, por supuesto). Pero no hace falta ser perfecto para ser el mejor. Mi novio se limita a ser lo que yo busco en una pareja, lo que quiero en la persona con la que comparto mi día a día. Y por eso es el mejor.
La verdad es que es complicado decir esto cuando las parejas que he tenido anteriormente también eran estupendas. Especialmente mi último ex, con quien tengo una sólida amistad. Pero está claro que si son ex es por algo. Por bonito que fuese todo durante un tiempo, llegó el final y con él se acabaron los novios, perfectos o imperfectos. Hay gente que se queda enganchada a relaciones pasadas. Adictos a lo bueno pasado que no pueden aceptar el lado negativo que tanto pesó en la fallida relación. No es mi caso. Puedo decir que cerré completamente las puertas de mis anteriores relaciones. Las disfruté mucho mientras duraron, guardo recuerdos preciosos. Pero son cosas que ya no existen y que no echo en falta.
Lo maravilloso de cerrar completamente los ciclos es que no añoras nada, no haces comparaciones. Tu nueva relación es superior en todos los aspectos a las anteriores. En primer lugar, porque las anteriores acabaron y ya no existen (lo cual es un buen motivo, las cosas como son). Pero también porque cuando dejas a alguien es porque te has dado cuenta de que quieres algo que no tienes. Y en la nueva relación al fin disfrutas de ello. Porque yo no soy masoca, no me embarco en una nueva relación si no me llena más que las que he tenido previamente, si no me aportan aquello que me faltaba.
En esta ocasión he tenido mucha suerte. El que ahora es mi novio fue tiempo ha una de esas personas que descubres que conectan contigo de una manera fascinante. Apareció como amigo en un momento en el que no me planteaba que fuese otra cosa, pero era innegable el atractivo que tenía para mí. Y aunque desapareció de mi vida y quedó olvidado (todo lo olvidada que puede quedar una persona, yo siempre recuerdo a los que compartieron camino conmigo) reapareció años después. Otra persona diferente, pues el tiempo había pasado y no éramos los mismos. Pero con aquella esencia que lo hacía único realmente intacta. Y no solo eso. Desaparecidos ya los aspectos que en el pasado nos mantuvieron alejados (su cutrez, está claro XD).
El caso es que todo salió bien y llegó el momento en que nos tocaba vivir juntos y ver qué tal encajábamos. No parecía haber mucho problema. Vivir conmigo es muy sencillo, para qué os voy a mentir. Mientras se me deje dormir todo va bien. Lo que no sabía es que convivir con él iba a ser tan extremadamente fácil. Mi cara al respecto es algo así: *___*
Y es que mi merluzo es adorable. Me encanta pasarme horas entre sus brazos, charlando de cualquier cosa, haciendo el tonto, mimándonos. A veces luchando, claro está. Así soy yo, no se puede tener una relación sana sin demostrar mi supremacía en técnicas marciales de posición horizontal y ojos cerrados. En ocasiones le cuento la leyenda de Colliedra (que la pija conocerá, si tiene algo de memoria). En otras le hablo de aquella vez en el 47 en Cartagena. O de cuando la carpa me atacó y tuve que invocar el espíritu del espárrago elitista.
A veces paseamos. Y yo digo "Mira perroooooo" cada vez que me cruzo con uno, entrando en una competición constante de ver quién localiza primero los animales más adorables. También hay viejos, pero esos no los localizamos, esos simplemente salen de todas partes. Una invasión. Pero está bien, porque a veces los viejos llevan perros. No está tan bien cuando estamos haciendo la compra y se agolpan delante de los puestos de muestras de comida. No dejan pasar y un día los embestiré con el carro.
Otras veces sufro episodios de posesión extrema, especialmente cuando paso delante de sitios en los que venden dulces. Convulsiono y tiene que tirar de mí para liberarme de la tentación del mal. Yo grito al mundo que una sociedad en la que uno no es libre de saciar su gula a cada instante está podrida. Pero bueno, a cambio puedo seguir pasando por las puertas sin quedarme atascada en el marco.
Oh, y tomamos té. Esto es así como muy pijo. Por algo nos pegó la costumbre Regargojana. Bueno, ella se la pegó a mi melón y él a mí. Lo vamos transmitiendo, como las enfermedades. Pero con más estilo y tal.
Se supone que hay distintos tipos de té y mi merluzo siempre se queja de que si uno de los que tomo sabe demasiado a vainilla o demasiado a otra cosa que no le convence. Yo alucino porque a mí todo me sabe a té. Soy incapaz de distinguir los matices que se supone que tienen. Algunos saben más fuertes, otros menos. Pero todo sabe a té. A hierba rara. Soy una inculta del té, una bestia ignorante, un ser rústico y sin domesticar. Pero mi difusor de té tiene una puerta Torii en un extremo y eso lo compensa todo.
También exijo besos. A todas horas. Pero eh, también los entrego. Y caricias. Y le digo piropos. Y hasta tengo un radar que hace que me despierte cuando se está poniendo el pijama para poder contemplar la hermosa visión (yo siempre me voy a la cama antes). En ocasiones se supone que debo abusar de él, pero no lo hago porque soy muy inocente y santa. Y porque no tenemos intimidad, pero eso es lo de menos. Lo importante es que soy inocente y no entiendo de estas cosas.
A veces me fastidia. Cuando estoy intentando resolver puzzles estilo Picross en la tablet (nonogramas). Siempre me dice que en una casilla va una equis y es mentira. Quiere que pierda. Quiere hundir mi orgullo. Quiere que me tire por el balcón. No tenemos balcón, pero no importa. Es lo que él quiere.
A estas alturas mucha gente estará pensando que le importa bien poco lo que yo haga o deje de hacer con mi merluzo. Pero me da igual. Porque otras personas me preguntan qué tal nos va y sé que se alegrarán al leer esto. Porque estoy feliz, contenta y levemente esterilla. Y eso siempre es bueno y la gente debería celebrarlo.
Así que nada, todo genial por aquí. En próximas entradas volverán las espigas psicópatas y los cereales con problemas de alcoholismo.
Eh, el mejor novio del mundo no implica el novio perfecto. Porque la perfección no existe y yo soy lo más cercano a ella que podemos encontrar (y a la modestia, por supuesto). Pero no hace falta ser perfecto para ser el mejor. Mi novio se limita a ser lo que yo busco en una pareja, lo que quiero en la persona con la que comparto mi día a día. Y por eso es el mejor.
La verdad es que es complicado decir esto cuando las parejas que he tenido anteriormente también eran estupendas. Especialmente mi último ex, con quien tengo una sólida amistad. Pero está claro que si son ex es por algo. Por bonito que fuese todo durante un tiempo, llegó el final y con él se acabaron los novios, perfectos o imperfectos. Hay gente que se queda enganchada a relaciones pasadas. Adictos a lo bueno pasado que no pueden aceptar el lado negativo que tanto pesó en la fallida relación. No es mi caso. Puedo decir que cerré completamente las puertas de mis anteriores relaciones. Las disfruté mucho mientras duraron, guardo recuerdos preciosos. Pero son cosas que ya no existen y que no echo en falta.
Lo maravilloso de cerrar completamente los ciclos es que no añoras nada, no haces comparaciones. Tu nueva relación es superior en todos los aspectos a las anteriores. En primer lugar, porque las anteriores acabaron y ya no existen (lo cual es un buen motivo, las cosas como son). Pero también porque cuando dejas a alguien es porque te has dado cuenta de que quieres algo que no tienes. Y en la nueva relación al fin disfrutas de ello. Porque yo no soy masoca, no me embarco en una nueva relación si no me llena más que las que he tenido previamente, si no me aportan aquello que me faltaba.
En esta ocasión he tenido mucha suerte. El que ahora es mi novio fue tiempo ha una de esas personas que descubres que conectan contigo de una manera fascinante. Apareció como amigo en un momento en el que no me planteaba que fuese otra cosa, pero era innegable el atractivo que tenía para mí. Y aunque desapareció de mi vida y quedó olvidado (todo lo olvidada que puede quedar una persona, yo siempre recuerdo a los que compartieron camino conmigo) reapareció años después. Otra persona diferente, pues el tiempo había pasado y no éramos los mismos. Pero con aquella esencia que lo hacía único realmente intacta. Y no solo eso. Desaparecidos ya los aspectos que en el pasado nos mantuvieron alejados (su cutrez, está claro XD).
El caso es que todo salió bien y llegó el momento en que nos tocaba vivir juntos y ver qué tal encajábamos. No parecía haber mucho problema. Vivir conmigo es muy sencillo, para qué os voy a mentir. Mientras se me deje dormir todo va bien. Lo que no sabía es que convivir con él iba a ser tan extremadamente fácil. Mi cara al respecto es algo así: *___*
Y es que mi merluzo es adorable. Me encanta pasarme horas entre sus brazos, charlando de cualquier cosa, haciendo el tonto, mimándonos. A veces luchando, claro está. Así soy yo, no se puede tener una relación sana sin demostrar mi supremacía en técnicas marciales de posición horizontal y ojos cerrados. En ocasiones le cuento la leyenda de Colliedra (que la pija conocerá, si tiene algo de memoria). En otras le hablo de aquella vez en el 47 en Cartagena. O de cuando la carpa me atacó y tuve que invocar el espíritu del espárrago elitista.
A veces paseamos. Y yo digo "Mira perroooooo" cada vez que me cruzo con uno, entrando en una competición constante de ver quién localiza primero los animales más adorables. También hay viejos, pero esos no los localizamos, esos simplemente salen de todas partes. Una invasión. Pero está bien, porque a veces los viejos llevan perros. No está tan bien cuando estamos haciendo la compra y se agolpan delante de los puestos de muestras de comida. No dejan pasar y un día los embestiré con el carro.
Otras veces sufro episodios de posesión extrema, especialmente cuando paso delante de sitios en los que venden dulces. Convulsiono y tiene que tirar de mí para liberarme de la tentación del mal. Yo grito al mundo que una sociedad en la que uno no es libre de saciar su gula a cada instante está podrida. Pero bueno, a cambio puedo seguir pasando por las puertas sin quedarme atascada en el marco.
Oh, y tomamos té. Esto es así como muy pijo. Por algo nos pegó la costumbre Regargojana. Bueno, ella se la pegó a mi melón y él a mí. Lo vamos transmitiendo, como las enfermedades. Pero con más estilo y tal.
Se supone que hay distintos tipos de té y mi merluzo siempre se queja de que si uno de los que tomo sabe demasiado a vainilla o demasiado a otra cosa que no le convence. Yo alucino porque a mí todo me sabe a té. Soy incapaz de distinguir los matices que se supone que tienen. Algunos saben más fuertes, otros menos. Pero todo sabe a té. A hierba rara. Soy una inculta del té, una bestia ignorante, un ser rústico y sin domesticar. Pero mi difusor de té tiene una puerta Torii en un extremo y eso lo compensa todo.
También exijo besos. A todas horas. Pero eh, también los entrego. Y caricias. Y le digo piropos. Y hasta tengo un radar que hace que me despierte cuando se está poniendo el pijama para poder contemplar la hermosa visión (yo siempre me voy a la cama antes). En ocasiones se supone que debo abusar de él, pero no lo hago porque soy muy inocente y santa. Y porque no tenemos intimidad, pero eso es lo de menos. Lo importante es que soy inocente y no entiendo de estas cosas.
A veces me fastidia. Cuando estoy intentando resolver puzzles estilo Picross en la tablet (nonogramas). Siempre me dice que en una casilla va una equis y es mentira. Quiere que pierda. Quiere hundir mi orgullo. Quiere que me tire por el balcón. No tenemos balcón, pero no importa. Es lo que él quiere.
A estas alturas mucha gente estará pensando que le importa bien poco lo que yo haga o deje de hacer con mi merluzo. Pero me da igual. Porque otras personas me preguntan qué tal nos va y sé que se alegrarán al leer esto. Porque estoy feliz, contenta y levemente esterilla. Y eso siempre es bueno y la gente debería celebrarlo.
Así que nada, todo genial por aquí. En próximas entradas volverán las espigas psicópatas y los cereales con problemas de alcoholismo.
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