miércoles, 10 de abril de 2013

Plonc, plonc

Cuando tienes que hacer demasiadas cosas en poco tiempo, cuando tienes demasiado tiempo para no hacer nada... en ambas ocasiones el resultado es el mismo. La confusión, sea por lo precipitado del hecho o por dar excesivas vueltas a algo que se debe dejar volar al viento.

Pero aprendemos lecciones. Y sabemos quedarnos con lo mejor de cada cosa, como en los viejos tiempos. Es fácil convertir décadas en segundos. E igual de sencillo es convertir meses en eras. Lo primero sucede con el transcurrir del tiempo. Lo segundo es resultado de proyectar una situación presente en un futuro que no sabemos cómo será. Pero si algo he aprendido, es que el futuro no parte de lo que hoy es nuestra vida, sino de lo que puede llegar a ofrecernos el día a día. Es lo bonito de este asunto.

Y la culpa de todo la tiene una camisa de franela. Porque lo dijo un colibrí muy santo.

martes, 9 de abril de 2013

Inmortal / Caedro

Era una de esas ocasiones en las que sentía que su ser entero se revolvía de arriba a abajo. Un grito quería salir, agónico y esperanzado al mismo tiempo.
Sonreía. Una sonrisa inquietante, repleta de sombras. Pero era una sonrisa. Eso es lo que importaba.

Era feliz. Y tenía miedo. Pero vivía. Al borde del abismo, pero sin caer. A veces las lágrimas asomaban a sus ojos y, minutos después, las carcajadas la hacían revolcarse por el suelo.

¿Qué deseaba? Todo. Y nada. Ella se desplazaba por la vida a una velocidad que escapaba a la comprensión de cuantos la rodeaban. Ya llevaba cinco vidas recorridas. Y sus compañeros ni siquiera habían sido capaces de disfrutar de una.
Y en esa habilidad de enfrentarse a varios enigmas de una sola vez, había descubierto el secreto para mantenerse en pie durante siglos. Se internaba entre las telarañas que forman los vínculos entre unos y otros. No tropezaba, aunque sabía que de hacerlo, no tardaría en levantarse.

Vivía, intensamente. Deseaba con todo su corazón y dejaba de desear al primer rechazo. Antes de tener tiempo siquiera de ser consciente de que había sangre manchando su ropa, ya estaba enfrascada en el siguiente reto.
Ciertamente, no todos los desafíos presentaban la misma dificultad. Ni el mismo interés. Pero ella había aprendido que si quieres vivir para siempre, tienes que aprender a alejarte de aquello que está muy por encima de ti. No era cobardía, no era resignación. Era simple instinto de supervivencia, de ponerse el menor número posible de zancadillas.

En ocasiones, en raras ocasiones, se descubría anhelando algo con toda su alma. Algo que nunca podría alcanzar. Pero jamás lo admitiría. En su lugar, anhelaría tantas otras cosas que las nuevas esperanzas acabarían por ocupar todo el espacio disponible. Habría sido algo forzado si ella no fuese una soñadora con vidas de experiencia a sus espaldas. Pero en ella los espacios temporales se sucedían de forma dinámica y suave, montándose unos sobre otros. Y tan pronto se encontraba en uno como saltaba al otro. Podía retroceder, podía avanzar, podía congelar el tiempo. Pues todo su universo estaba configurado de tal forma que podía elegir un punto al azar y comenzar de cero desde allí.

Y era tremendamente feliz así. Una felicidad que aterraba, que a veces no era tan plena como podría esperar. Pero que iba camino de transformarse en algo que la sacaría de aquel universo de claroscuros.

Demente. Así la habían llamado alguna vez. Nunca en su presencia, pero siempre lo contemplaba en las miradas de aquellos que no eran capaz de comprender. No los culpaba. Sus acciones eran ilógicas para aquellos que no se encontraban en su mismo universo. Pero ella las comprendía a la perfección, incluyendo lo que parecía ser el caos. Un caos bien ordenado, dispuesto para su uso y disfrute.

Y así transcurrían los días. Se acercaba a la gente, sonreía y entregaba un trozo de su espíritu pasado. Si alguien era lo suficientemente afortunado, puede que recibiese algo del presente. Pero del futuro... solo unos pocos eran merecedores de ello. Ella sabía sus nombres. Sabía bien lo que quería, pero también sabía el precio que esaba dispuesta a pagar por ello. Nunca la mortalidad. Por ello, en cuanto peligraba la eternidad de sus días, daba media vuelta y cerraba la puerta tras de sí. Un año de llanto descontrolado, que en la distorsión que presentaba su dimensión alternativa, era solo un segundo a ojos de los demás. Y tras ello, nuevas esperanzas. Tras otras puertas, tras otras manos. Y tras aquellos ojos. Aquellos ojos verdes que siempre había deseado tener a su lado.

Llegamos así al momento en el que la sonrisa sangra. Pero la sangre es dulce y convierte su rostro en una máscara de inocencia desenfocada.

Sabía lo que quería y lo que podía llegar a querer. Y sabía también que solo había un posible desenlace para sus batallas. La victoria. Porque es la ventaja de la inmortalidad. Tienes todo el tiempo del mundo para conseguir tus objetivos.

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¡Remolinos!
Entre tus brazos, entre tus labios. Entre la tierra que pisan aquellos que aún disfrutan de la dicha de su melodía.

Espirales. En abrazo eterno y sometido a las reglas del juicio inexistente. Y caen, caen, caen. Como gotas de lluvia perezosas.

Ondas. Ondas en escala, ascendentes, descendentes, transparentes y acuosas. Magníficas, aumentando bajo la lente que todo lo amplifica y lo convierte en sonido que rebota. De un lado al otro, entre los cables multicolores, acolchada la estancia en la que el negro y el blanco se funden en sombras que resultan grises.

Girasoles. Danzando y consiguiendo devolver la luz al valor. Tan sencillo era recoger la semilla y convertirla en fruto. ¿O lo era ya antes de recogerla?


Y nos ofrecen el paraíso. Dentro de una urna de cristal. Se lo ofrecen a esa mirada que la hacía estremcer. Se lo ofrecen a las palabras que nunca se cansaba de escuchar. Se lo ofrecen al ingenio que la deslumbraba, a la carcajada sincera que lograba arrancar del fondo de su corazón.

¿Y qué ofrecía el mundo entonces? ¿Cómo compensaba la caída del sustento de aquellos que tamizan la realidad? Quizás no llegase nunca a saberlo. Posiblemente solo unos pocos podían entender lo que no estaba ya legible en la piedra.

Giraba, giraba y giraba. Y salpicaba el agua, quemaban las llamas del olvido. Y todo el mundo era ella y ella era todo con el mundo. Porque debía obedecer aquello que estába programado en la conciencia de lo que aún no existe. La atemporalidad es lo que tiene. Que crea planes que todavía no se pueden reflejar en este lado del vórtice.

Pero todo era maravilloso. Y eso es lo que importaba. Todo era luz y todo era sonido. Todo era un lugar en el que dejarse caer y en el que poder sobrevivir a todo. Y a todos.



domingo, 7 de abril de 2013

Deshielo

Poco a poco se funde el hielo, lentamente, bajo los rayos del sol. El agua corre, cristalina, entre las hojas del helecho que guardaba los sueños.

Quizás era la llegada del buen tiempo. O puede que el calor interno estuviese empezando a funcionar. En cualquier caso, no quería precipitarse.
Su interior era un remolino de emociones. Todas positivas, pero también descontroladas. Saltaba de una sensación a otra, incapaz de quedarse quieta. Todo su ser bullía, lleno de vida. Iba recuperando poco a poco el color. Y la sonrisa.

Pero entonces apareció ella, arrastrándose desde el interior del espejo. Se sacudió el polvo de la ropa y se dirigió a la chica:

-No sabes lo que quieres.
-Claro que lo sé. Lo he sabido siempre.
-¿De veras?
-Sí, pero no me apetece seguir dándome de bruces con la misma pared.
-Has comprendido al fin que no puedes resucitar a los muertos.
-Eso lo he sabido siempre. Aunque nunca es sencillo aceptarlo. A veces aún me traiciona la memoria.
-Y, sin embargo, te levantas.
-¡Por supuesto! Tengo buenos motivos para hacerlo. Y pequeñas ilusiones que van haciendo cada día más sencillo el caminar.
-¿No vas demasiado rápido en esas ilusiones? ¿Vas a seguir corriendo detrás del primer impulso que devuelva la energía a tu cuerpo?
-Eso no es asunto tuyo. No puedo controlar la intensidad de la luz.
-¿La luz?
-No lo entenderías.
-Tú misma.

Desapareció del mismo modo en que había hecho acto de presencia.
Pero no se preocupó, ella estaba feliz con el rumbo que estaba tomando su vida. Había decidido caminar a solas, depreocupada. Y en mitad de aquella aventura se había topado con el sol.
En ocasiones no estaba segura de la procedencia de sus rayos. Una vez creyó que el calor provenía de una fuente cercana, pero al final descubrió que no era así. Después había creído recuperarlo de un tiempo pasado. Ahora, empezaba a pensar que estaba descubriendo un nuevo origen para esa luz que iluminaba su alma. Todavía era demasiado pronto, no quería precipitarse. Se estaba adentrando en un camino tentador, pero desconocido. Poco a poco.

Por supuesto, no podía hacer afirmaciones tajantes. Ni tampoco negar con determinación. El deshielo era un hecho, pero no era uniforme. Ni constante. Todavía tenía que esperar un poco más.

Afortunadamente, no estaba preocupada. No tenía prisa. Nada de prisa. Se sentía bien disfrutando del calor, aunque no pudiese averiguar de dónde procedía exactamente. Algún día tendría la respuesta, estaba segura.


viernes, 5 de abril de 2013

Sobre las nubes

Era una sensación maravillosa. Todo el mundo a sus pies, el universo entero para poder hacer y deshacer a su antojo. Volaba alto, cada vez más, dejando tras de sí cuanto había conocido. Se dirigía de lleno a una nueva aventura, un nuevo sueño. No podía saber lo que le deparaba el destino, pero podía tomar la decisión de lanzarse de cabeza y disfrutar.

La brisa enredaba sus cabellos, mientras la fragancia de la novedad la envolvía en un suave abrazo. Era feliz. Muy feliz. Como hacía mucho que no lo era. Y lo que más feliz la hacía era saber que había conseguido llegar hasta allí sin ayuda. No necesitaba a nadie vigilando sus pasos, guiando su camino en mitad de la oscuridad. Había agradecido esa ayuda en el pasado, pero ahora había aprendido, de forma dolorosa quizás, que podía seguir en la cima sin que nadie estuviese cerca.

Aunque tampoco estaba sola. Los tenía a ellos. Sus pequeños e inocentes animalillos, dulces y confiados. Sabía que podía acabar con ellos con un chasquido de dedos, pero en lugar de tomar esa decisión, se había decantado por preservarlos junto a ella. Los cuidaba, los vigilaba. Y disfrutaba en el proceso. Eran imperfectos, pero eso es lo que más le gustaba de rodearse de aquellas criaturitas. Se alimentaba de sus fallos y se sentía viva mientras dibujaba sonrisas en sus rostros heridos. Ella había estado en esa situación tantas y tantas veces... cómo no querer ahora cuidar de los que tenían menos suerte que ella.

Amaba a sus pequeños. Con locura. Quizás porque a través de ellos, de ausencias y presencias, de golpes de suerte y de giros inesperados, había conseguido conocerse mejor.

Sin embargo, aún quedaba un asunto pendiente. Daro. De él no era fácil prescindir. Y no quería hacerlo. Se apoyaría en él, delegaría cuando lo necesitase. Porque era el único digno. Y el único al que confiaría el cuidado de las criaturas.

Sonrió. El tiempo había pasado muy rápido y sabía que era cuestión de que la vida girase sobre sí misma un par de veces más. Entonces conseguiría al fin coronar aquella cumbre que se le antojaba imposible. Con ayuda o sin ella. Porque nunca perdería la capacidad de volar. Cada vez más alto.

jueves, 4 de abril de 2013

Cosas que me gustan

-Chocolate
-Videojuegos
-Dinero
-Melenudos


Y ahora, un poco menos superficial.

-El rayo de sol furtivo que entra por la ventana cuando menos te lo esperas e ilumina todo a tu alrededor. Es como una inyección repentina de felicidad.

-Estar en la cama envuelta en mantas, hecha un ovillo. No tener que madrugar y poder estar así todo el tiempo que te venga en gana. Plus si hay lluvia en el exterior (y no tienes que salir de casa, obviamente).

-Ducha de agua hirviendo. O meterte en el agua en general (siempre y cuando no esté helada y mueras de hipotermia). Es taaaan relajante.

-Achuchar a las personas a las que aprecias hasta sacarles los ojos. Comértelas a besos. Todo muy violento. No sé cómo sigo teniendo amigos después de estas declaraciones.

-Una tienda de chucherías enoooorme y llenar la bolsa como si fuese la última vez que puedes comer esas cosas.

-Probar algo que está riquísimo por primera vez. O tras llevar mucho tiempo ansiándolo. Es como... ahhhhhh...el paraíso...

-Descubrir una canción maravillosa y entrar en modo bucle obsesivo.

-Conocer a una persona con la que te sientes como si fuese tu alma gemela. Y poder decir algo del tipo... "¡Tú!". Y cosas igual de elaboradas.

-Tocar algo caliente cuando hace frío. Y a la inversa. ¡Y tocar cosas suaves! O pisarlas, como el suelo acolchado de los parques infantiles.

-Tirarte en la arena de la playa cuando hace buen tiempo. Jugar a dibujar formas en ella, a que se escurra entre tus dedos. Sobre todo cuando está calentita... oh, sí...

-Escuchar las confesiones de una persona y sentirte afortunada por que dicha persona te considere digna de su confianza.

-Caricias en la espalda. Trance absoluto y levemente diagonal. Al final será lo que más echaré de menos de tener pareja. Eso y que te arropen por las noches.

-Cachorros adorables de cualquier especie animal. O de casi cualquier especie. Es tan aaaawwww...

-Encontrar un libro, juego o serie que te enganche y te deje con ganas de querer más y más. Y el momento bonito y deprimente a la vez, cuando todo termina y sabes que no volverás a ver a esos personajes con los que te has encariñado.

-La risa tonta con amigos que acaba en lágrimas.

-Encontrar algo maravilloso en internet, emocionarte y querer compartirlo con todo el mundo. Puntos extra si me descubre alguna afición nueva.

-Despertarte y recordar tus sueños con todo lujo de detalles. Salvo que hayas soñado con cucarahas, claro. O informáticos. O informáticos montando en cucarachas gigantes. Argh.

-Organizar cosas con los amigos. Planes nuevos, improvisados, el dejarse llevar. Como ciertos planes del próximo par de meses.

-Enamorarte levemente de diez personas nuevas cada día. O de 9'5.

-Esos momentos en los que te toca la lotería, tu triceratops viene hacia ti con carita adorable y tu harén de esclavos avisan de que tienes una invitación para inaugurar un parque de atracciones.


Ains, esto último es tan bonito...

miércoles, 3 de abril de 2013

Un matorral y siete sobres

Quince años pasaron en el tiempo en que, realmente, solo podían pasar tres. Siete sobres escondidos entre zarzas. Y un pájaro levemente idiota, revoloteando entre las ramas bajas.

Mil gotas de lluvia en una taza. Dos mil fresas en formación, luchando contra atunes imperialistas. Y dos dinosaurios tomando té.

Tres tipos de arroz en un plato vacío. El vacío en el interior de un grano de arroz. Y la explosión que lo mandó todo por los aires.

Así eran las cosas en aquella parte del mundo. Entre gomas de borrar y puerros pochos, entre arena acristalada y un jazmín. La sombra del erizo engominado lo cubría todo en tres de cada cinco casas con cimientos.

La gente estaba satisfecha. Tenían órganos vitales en un número compatible con la vida. No eran atacados por tiburones alados con halitosis. Tampoco por aquellos cuyo aliento evocaba danzas de rosas negras en un lago de miel.

Mil seiscientos tulipanes, dos grajos y medio bar. El pleistoceno bailando un tango desvirtuado sobre la roca semiporosa. Semi, siempre semi. Semihundido. Semienterrado. Semisemi. Junto a dobles acordeones y triples lazos de fieltro azul.

Y cae la noche. Y caen los toldos sobre las lanchas repletas de elefantes. Todos a cubierto, es hora de descansar. Y soñar con imposibles.

martes, 2 de abril de 2013

Boira

Encadenando experiencias, sueños. Vivencias que una vez lo fueron todo y ahora no son nada. O sí son algo, pero un "algo" bastante diferente.

Hay personas que se cansan de saltar de una etapa de la vida a otra, pero yo no soy así. Mi único objetivo es disfrutar, ser feliz. Y para ello no puedo parar, no puedo estancarme. No en momentos que desaparecieron entre la niebla.

Así que siempre sonrío y camino. El mundo es el que es, pero también el que yo quiero que sea. Y mi mundo es un conjunto de situaciones, de personas, de palabras. Juntas han formado el sendero por el que me he desplazado sin cesar. Y lo siguen formando. Aún queda tanto por recorrer...

Por eso me siento afortunada. Porque tengo el don de poder ver siempre el lado positivo de cada parte de mi vida. De volar, sin límite, en ese espacio abierto al que únicamente yo doy forma.

Esto no implica que sea sencillo. Los dones hay que cultivarlos. El mío se alimenta de llanto, de sangre, de esperanzas rotas. Pero también de aquellas esperanzas recién nacidas, delicadas. De anhelos, de deseos dulces, de ilusiones eternas. De aquello que es la vida. La digiere y la transforma en un producto nuevo, listo para mi uso particular.

Luz, todo es luz. Que se cuela entre la niebla. Niebla densa, espesa... pero al mismo tiempo mágica. Niebla que no te deja ver lo que oculta, que aparta de tu vista aquello que antes podías dibujar con los ojos cerrados. Pero también es niebla que suaviza los contornos de las figuras, especialmente de aquellas cuyo filo podría herir tu alma.

Me gusta la niebla. Protege todo cuanto me importa, conservándolo intacto para mí. Para cuando quiera leer las páginas en las que está escrito mi pasado. Me permite concederme unos instantes llenos de encanto. He aprendido a disfrutar de su envolvente abrazo. Me dejo llevar, sonrío y danzo sobre la nieve que cruje bajo mis botas.

Después, me baña el sol. Los colores estallan a mi alrededor, más vivos que nunca. La realidad del presente, fascinante, juega a formar remolinos a mi alrededor. Es vertiginoso. Y atractivo. Es el mundo de las posibilidades infinitas.

El sendero, nunca pierdo de vista el sendero. Y si lo hago, vuelvo a crearlo sin mayor problema. Es mi don, ya lo he mencionado. El sinuoso camino que se interna en un pasadizo de arcos multicolores, de algodones suspendidos, de cascadas de cristal.
La luz es más intensa al fondo. Es cálida. Muy cálida. Es la luz de aquello que está por llegar. De todo cuanto me espera.

En estas circunstancias, es imposible no ser feliz.